De nacionalcatalanismo y lenguaje

(o Si dices Generalitat, dilo todo en catalán)

Los partidos nacionalistas que gobiernan Cataluña llevan cerca de 40 años utilizando todos los resortes del poder para nacionalizar el país (ved, en la sección Documentos, El Periódico de Catalunya del 28.10.90, página 26), y en ese proceso ha sido clave un juego de prestidigitación conceptual que aprovecha la ambigüedad de la palabra “catalán” (¿“habitante de Cataluña”?, ¿“catalanohablante”?, o, estirando un poco, ¿“nacionalista catalán”?) para convertir la inofensiva tautología “lo catalán es catalán” en la demente recomendación moral “lo catalán debe ser catalán”, esto es, “todo habitante de Cataluña tiene el deber de ser nacionalcatalanista”. Cuando un poder aparentemente democrático se cree legitimado para decir a sus súbditos cómo han de pensar y qué han de ser, es que se ha convertido en totalitario y tiene secuestradas las instituciones de todos. Pero ¿qué hacer contra ese secuestro, cuando el Estado central parece no disponer de otra actitud que la dejación de sus deberes? La lucha será precaria, desigual, desde abajo. Tanto más importante será entonces no regalar armas al secuestrador, contando entre ellas las lingüísticas, sobre todo cuando años de propaganda desde el poder –permanente lavado de cerebro antiespañol en todos los órganos de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales, etcétera– han hecho que muchas palabras que, de tan repetidas, oímos ya como neutrales sean en realidad cómplices del secuestro. Son cosas como la tramposa sustitución de “separatistas” por “independentistas” (hermoso nombre que no quiere saber nada de que la república a la que aspiran pretende imponerse contra los derechos de los demás españoles, como si el único sujeto de soberanía a considerar fueran los catalanes), es el caso de la pérfida sustitución de “antiseparatistas” por “unionistas” (como si la media Cataluña que no quiere ser apisonada por el nacionalcatalanismo y la hispanofobia fuera una quinta columna al servicio de un Estado extranjero invasor), es el caso de la costumbre de escribir Cataluña con ny también en castellano (como si, tratándose de Cataluña, en el fondo, la única lengua como es debido fuera el catalán y media Cataluña estuviera en fuera de juego). Y sobre todo, es el caso del hábito de tomar la palabra Generalitat como intraducible, como si sólo fuera un nombre propio, desdeñando el significado que como nombre común tiene. Generalitat es lo contrario de particularitat, de manera que, como todo nacionalismo es un particularismo, la palabra Generalitat es, en su significado, antinacionalista. En la lucha desigual contra el secuestrador no es cosa, pues, de neutralizar esa palabra: Digámosla en castellano, si en castellano hablamos, para que así el propio nombre de la cosa nos lleve a decir que, secuestrada por una ideología que quiere expulsar a media Cataluña al resto de España, la Generalidad se ha desnaturalizado en una cerrada y xenófoba particularidad. O, al revés, si decimos “la Generalitat”, entonces, para tomar en serio la palabra y oír lo que, al pie de la letra, ella misma quiera decirnos, digámoslo todo en catalán. I així podrem dir, escoltant la paraula mateixa, que l’anomenada Generalitat de Catalunya, de fet, ha deixat de ser-ho: segrestada com està per un nacionalcatalanisme que no li permet servir tots els catalans, sinó tan sols la part d’ells que són separatistes, és ja només particularitat, una trista i ridícula particularitat indigna de portar majúscula.1

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  1. Agradezco a Gerard Toutain su contribución a la corrección de estilo de las líneas finales en catalán. Una primera versión, a la que esa contribución no alcanzó, puede verse en El Catalán: https://www.elcatalan.es/de-nacionalcatalanismo-y-lenguaje-o-si-dices-generalitat-dilo-todo-en-catalan?fbclid=IwAR2jblbaTHUssMMWec6futj-EfZ8wYlZeu09mJ561aUyY1A5jdWNCJrVz54

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