Señales al comienzo del “Fedón”

El que la primera palabra del diálogo sea “mismo” (autós), repetida tres líneas más abajo en la respuesta de Fedón (57a4), hará juego poco después, como vamos a ver, con el detalle de que el barco que lleva la theoría a Apolo en Delo sea, “según dicen los atenienses” (58a10), aquel en el que una vez fue Teseo a Creta, pero entremedio el que en 58a3 los oyentes fleasios de Fedón declaren conocer “lo del juicio”[1] –todo narrador ajusta su relato a los conocimientos de su audiencia– nos obliga, si queremos entender su narración, a empezar por la “Apología de Sócrates”. Pues bien: como decíamos, el largo tiempo trascurrido desde Teseo había hecho de ese barco ilustración paradigmática del problema de la identidad del todo cuyas partes se van de una en una sustituyendo hasta no quedar ninguna original: ¿cuándo deja una cosa de ser la misma? El que en el caso de los vivientes la pregunta tenga una respuesta obvia –cuando mueren– hace aparecer como difícilmente casual el que en la primera página de un diálogo sobre la muerte nos aparezcan señales que apuntan a identidad. Pero ni hay identidad sin diferencia o distancia ni es sencilla la relación de la muerte con la identidad. Yo soy el mismo de hace veinte años, y a la vez ya no soy el mismo. Estar vivo es en cierto modo estar continuamente desmintiendo la propia identidad: aún no tengo una identidad definida, aún está en el aire quién soy. Pero la muerte todo lo cambia, pues, al romper definitivamente la identidad del viviente (mi cadáver ya no seré yo[2]), deja ya decidida, cerrada y completa su vida, y con ello, paradójicamente, ahora sí, le confiere definitiva identidad. A estas consideraciones hay que acercar tal vez la enigmática adición a eso de que Teseo salvó (ésose, 58b1) a los “dos veces siete” aquellos: “y él mismo se salvó” (esóthe, ibid.): como no puede ser que esas palabras estén porque sí, hay que contar con la posibilidad de que en realidad se refieran al único personaje del que, en el “Fedón”, se está todo el rato hablando: Sócrates. Sobre él al menos, el día de su ejecución, sí añaden algo, y no algo absurdo, pues, “salvarse” es, ciertamente, “salvar la vida”, pero eso puede consistir en dos cosas muy distintas: evitar perderla (y en ese sentido nadie se salva definitivamente) o bien –sobre todo si, partiendo de la “Apología”, consideramos la cuestión de si la vida es o deja de ser “vivible para un hombre”, Ap. 38b6–, que esa vida que inevitablemente se pierde haya valido la pena de ser vivida, y eso sí sería salvarse definitivamente, aunque esa salvación sólo pueda tener lugar cuando (o “donde”) la vida entera se ha cumplido: en el Hades. También a identidad apuntan “Apolo” (58b1 y c2, cf. 58 b4) y kathareúein (58b5): Apolo es el dios que purifica porque favorece el que cada cosa llegue a perfecta identidad consigo misma. En cualquier caso, como la definitiva identidad sólo es posible por el corte que es la muerte, es correlativa de una distancia, y de hecho ya la mención ekeíneii hemérai en la primera línea del “Fedón” supone hacer presente el intervalo entre “aquel día” y el día en curso, que no es necesario mencionar porque está ya en la propia situación; así comienza una serie de referencias a intervalos temporales y a transposición de distancias espaciales que domina la conversación introductoria hasta el momento en que como ocasión de una de esas referencias se toma una de las nociones centrales del diálogo: la muerte. Es en total una serie de diecisiete elementos[3], de los que quizá merezca la pena mencionar el penúltimo: en él a la vez se interrumpe la serie[4], se menciona la muerte y, única vez que tal cosa sucede, figura una palabra que menciona la distancia o el intervalo mismo: metaxý, “entre”: la distancia es el “entre”[5].

No podemos ocultar que en la concepción de la muerte como viaje de “aquí” al Hades, en el “Fedón” continuamente presente, hay motivos de extrañeza: incurre, con el consiguiente riesgo de trivialización, en la espacialización de cosas que no son espaciales, parece tener un carácter eufemístico poco acorde con la intención filosófica, y contrasta con el final de la “Apología”: por mucho que se evoque la diferencia de auditorio, ¿cómo explicar que en el “Fedón” se esté, a primera vista al menos, continuamente obviando una hipótesis, la de que la muerte sea la nada, que en la “Apología” se toma perfectamente en serio? Es más: por lo que respecta a aquel diálogo, tomar la muerte como la nada es lo único coherente con el carácter marcadamente apolíneo, délfico, con el que Sócrates allí aparece: la posibilidad de que la muerte sea un viaje a un “allá”, aunque, al parecer, comienza tratándose en serio, acaba adquiriendo un cierto carácter burlesco (allí “por eso no lo matan a uno”, Ap. 41c4-5); el final “y ya el tiempo restante son inmortales, si lo que se cuenta es verdad” (Ap. 41c6-7), en boca de un servidor del señor de Delfos –“conócete a ti mismo (… como mortal)”–, no parece exento de distanciamiento. A no ser, habida cuenta de que a la hipótesis del Hades no acierta Sócrates a imaginarle otro contenido que aquel mismo que constituyó su vida (dialégesthai, “dialogar”[6], y un dialogar que es eudaimonía, “felicidad”[7]), que esas dos en apariencia excluyentes opciones constituyan en realidad dos descripciones perfectamente compatibles –porque situadas a distintos niveles– de lo que la muerte sería, el primero de ellos para el hombre del caso, el segundo para su psykhé, para la figura ya entera de su vida.

Hay, pues, en la concepción de la muerte como viaje motivos de extrañeza, pero lo importante es que, al constituir la base para la última de las referencias a distancias, la propia muerte queda en nuestro diálogo integrada en el campo de la distancia o remitida a ella. Así, la inicial serie de referencias no tendría la función de aludir a la concepción de la muerte como viaje como a algo esencial, sino la de señalar desde el principio a lo que es esencial en ella: la distancia, el “entre”.

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Notas:

[1] Cf. la nota de Eigler a la pregunta de Fedón en 58a1-2: “Con ello el contenido de la «Apología» se presupone conocido”.

[2] Cf. 115c3-d2.

[3] Son los siguientes: “aquel día” (57a1-2), “viaja… a Atenas” (57a7-8), “en mucho tiempo” (57a8), “ha llegado… aquí” (57a8-b1), “mucho después” (58a4-5), “a Delo” (58a8), “una vez” [hace tiempo] (58a11), “a Creta” (58a11), “a Delo” (58b3), “y aún ahora desde entonces” (58b3), “en el tiempo ese” (58b5), “a Delo” (58b7), “y de vuelta aquí” (58b7), “en mucho tiempo” (58b8), “mucho tiempo” (58c4), “el [que pasó] entre (metaxý) el juicio y la muerte” (58c5), “yendo a donde Hades” (58e5).

[4] La distancia de ahí (58c5) al siguiente y último elemento de la serie (58e5) triplicará el mayor espacio que hasta ese momento ha separado cualquier par de elementos sucesivos.

[5] Cf. Martínez Marzoa 1995, p. 15, en el contexto de un esbozo de la ontología implícita en la Grecia arcaica y clásica: “lo primario es la distancia, el «entre», la abertura, el límite”.

[6] Ap. 41c3; cf. exetázein 41b5 y b8, ereunân 41b6.

[7] Ap. 41c4.

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