Our dear capitalism, o “Hemos inventado la felicidad”

Sala de espera de una compañía de seguros de enfermedad (o ¿cómo llaman aquí lo que llaman Krankenkasse en Alemania?). Mientras al ordenador trajina la empleada con formularios y burocracias, dejo vagar la mirada: mesas de escritorio, lámparas, archivadores… En la pared del fondo, frente a mí, arriba a la izquierda, gran fotografía de una mujer joven que, en chándal, haciendo fúting, sonríe para que la cámara la saque como si sonriera para sí, de puro contento, y a la misma altura, pero a la derecha, en otra enorme fotografía, otra mujer joven (¿o es la misma?) ¡con qué satisfacción, tal vez sobreactuada, hace gimnasia! Pero lo mismo habríamos podido encontrar en una parada de autobús,  en una tienda, en un supermercado: lo mismo en todas partes. La misma obligación de sonrisa, compulsión a la sonrisa. Lo cual equivale a la confesión de que la sonrisa es tapadera, de que no hay alegría, de que más bien lo que en el fondo hay es tristeza, negrísima tristeza, como si por debajo de tanta sonrisa y tanto optimismo y tanta fiesta no hubiera nada más que muerte: Podredumbre, corrupción, y tan enorme y alarmante que hay que hacer continuamente muecas de sonrisa, gestos de que la situación se controla, a ver si, con un poco de suerte, convencemos a nuestras narices de que no hay aquí hedor de descomposición alguno.

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