A modo de pecios: política cotidiana

Citas iniciales

 Wherever the relevance of speech is at stake, matters become political by definition, for speech is what makes man a political being. Hannah Arendt

...el pacto que el poeta tiene firmado con la existencia es de naturaleza distinta. Su vocación y su destino son mantenerse siempre en vilo, su vida toda es un continuo velar las armas de su atención. Philipp W. Silver

Garajes, museos, estadios, semáforos, bancos. Y vivan los muertos. Himno de Madrid Autónomo

De la conversación con un amigo sobre el progreso

Ir creando juegos –en el más amplio sentido– siempre nuevos, ¿puede llamarse progreso? Siendo el progreso una marcha hacia delante, sucede que esos juegos, precisamente por ser nuevos, no pueden ponerse en una misma línea de continuidad y medida con los ya existentes, sobre la que se haría posible hablar de adelante o atrás. Sólo puede haber progreso cuando, estando excluida por principio toda creación de nuevos juegos (sentidos, direcciones), lo único que se admite es la indefinida prolongación y complicación del único juego que hay. Progreso es en el fondo inercia.

Me cuenta Jorge cómo de pequeño, durante un veraneo en el Pirineo aragonés, una tarde en que sus padres se habían quedado en el hotel salió a dar una vuelta por aquellas montañas y riachuelos. Y en aquel paseo, dejándose perder entre los bosques, tuvo una viva sensación de felicidad, como de maravilla ante la naturaleza, de asombro ante algo que ciertamente parecía tener un orden, una armonía, pero también un secreto, pues ese orden y armonía, sin ser del todo extraños, no podían ser calculados por el hombre. “Y precisamente el progreso consiste en destruir eso, destruir todo lo que provocaba asombro y maravilla”. Quizá es que sólo sobre el supuesto de que todo es calculable cabe garantizar una indefinida “marcha adelante”.Pero ese empeño, ¿no es insensato? Querer privar a la naturaleza de todo lo que tiene de irreductiblemente incalculable y no-humano, y que precisamente es lo que de ella sentimos más misteriosamente próximo, como si en su rehusarse se nos manifestara hermana...

Comer a solas

Cuando como solo en casa, aún no he dejado de tener hambre y ya estoy harto. Y es que, siendo el comer ante todo un acto humano, es decir, social, es inevitable que comer a solas no signifique de algún modo una cierta caída en la animalidad. Y como nuestro estómago nunca deja de ser humano, las regulaciones puramente fisiológicas y animales le dejan siempre en la duda de si aún tiene hambre o ya está harto.

Lógica en la melodía del lenguaje

La gramática escolar llama artículo tanto a el como a un, pero la verdad es, por de pronto, que sus respectivos enlaces con el sustantivo son melódicamente muy diferentes: “el hombre” se pronuncia con un solo acento, elómbre, o sea que el es elemento átono, mientras que “un hombre” se pronuncia con dos, ùn ómbre, siendo un, pues, palabra tónica. Esa diferencia no hace más que reflejar la diferente estructura lógica de las dos cosas: si digo “el hombre” sólo hago un movimiento: el de señalar a algo que me era previamente conocido, trátese de la especie humana, de su mitad masculina o del hombre del caso; si digo “un hombre”, en cambio, los movimientos son dos: la mención de un ámbito de cosas y la referencia a un individuo dentro de él. Por eso en el primer caso un solo acento, en el segundo dos.

Condenados y verdugos

Leo en el periódico que “Raymond Kinnamon fue ejecutado ayer mediante una inyección letal”. Lástima que no venga su foto: a veces las de los condenados a muerte tienen cierta callada elocuencia (en aquel a quien el Poder trata como mudo, ¿cómo no va la palabra a hacerse carne?). En un recorte de periódico guardo las del protocolo de entrada en prisión de Clines, Holmes y Richley, y en ellas, si no me equivoco, comparece algo: en ese trance en que el Poder trata de convertirlos en objetos, pura exterioridad que se registra, mide y pesa, es cuando más claro está que tras esos rostros hay un dentro, que ellos, mientras tanto, siguen, por el revés, siendo sujetos; es, en Clines, ese gesto un tanto altivo, como ausente, y en Holmes, esos ojos tan abiertos tras los largos mechones de jipi, ojos que parecen mirar a los funcionarios como pidiendo una razón. Pero es Richley el más sobrio: en su rostro duro está el desengaño de quien sabe que con esa gente es inútil hablar, que no te oyen. En él me parece reconocer a alguien que aparecía en un documental que trasmitió hace unos años la segunda cadena sobre los condenados a muerte de un penal USA. Los condenados, es curioso, me dieron la impresión de ser hombres razonables, con quienes podía uno hablar, es más, hombres que dentro de la horrenda situación que padecían conservaban una especie de natural tranquilidad para dejar que la palabra –la razón– fluyera por sí misma. A sus guardianes, en contraste, y sobre todo a quienes ocupaban algún cargo de responsabilidad (el director, el capellán), les traicionaba, a ellos sobre quienes ninguna amenaza pesaba, un soterrado nerviosis­mo, el de quien-a-toda-costa-ha-de-tener-razón, el de quien no puede permitir que la palabra –la razón– fluya libremente, porque tiene de antemano determinado el cauce al que, quieras que no, ha de ir a parar (ya por Heráclito lo sabemos: “el hombre flojo a cada razón suele sobresaltarse”). Por el otro lado, en cambio, es como si la injusticia brutal que es una condena a muerte regalara a sus víctimas un atisbo de lo que es la vida, como si ese atisbo confiriera a quien lo alcanza un nuevo soplo de humanidad, como una nueva dignidad. Así debemos sin duda imaginarnos a Raymond Kinnamon. No podemos dejar de pensar: “Por eso lo matáis, porque es mejor que vosotros”.

Prendidos en el parque

Sentado en un banco, veo pasar un niño pequeño, de esos que justo han aprendido a andar y hasta son capaces de echar una carrerilla, pero una vez en movimiento les es difícil pararse. Corre delante de su madre, persiguiendo una paloma. No ha hecho más que aparecer en el parque, y ya estamos todos pendientes de sus movimientos, prendidos de ellos. Y hay puro placer en esa contemplación. ¿Qué nos prende tanto de un niño pequeño, qué nos cautiva tanto en él? Tiene que ser ese ir todo decidido, esa gozosa confianza en que aquello a lo que va vale de todas todas, en que aquello . Esa confianza no puede por menos de parecernos temeraria, nos sentimos por supuesto incapaces de mantenerla, pero no nos es tan ajena ni tan banal que podamos dejar escapar el gozo de experimentarla, aunque sea de reflejo, aunque sólo sea poniéndonos un poco en los ojos del niño, identificándonos con él.

En la sala de espera de un médico

Era verano, pero allí no teníamos calor, pues el acondicionador de aire había ido refrescando el ambiente hasta convertirlo en gélido. Afortunadamente, entre los que esperábamos había una anciana señora, que podía sin desdoro decir que se estaba helando, y gracias a que la recepcionista atendió su queja, pudimos al poco rato empezar a notar una tibia y agradable calidez. Llevaríamos diez minutos o poco más en ese estado anodino en el que no se tiene ni frío ni calor cuando, aprovechando la entrada de nuevos pacientes y como movida por un resorte, saltó la recepcionista a encender de nuevo el acondicionador, “que si no”, dijo, “con el calor que hace, estos señores se van a achicharrar”. Escenas por el estilo están descritas en la literatura psicológica: cuando el sujeto que despierta de un estado hipnótico realiza, debido a que en él se le ha programado para ello, alguna acción no requerida por la situación en la que se halla (por ejemplo, abrir una ventana), no deja de aducir alguna justificación de su conducta (“¡Está el ambiente tan cargado…!”). Las palabras de la recepcionista serían homologables, según esto, a esas justificaciones poshipnóticas, pero en su caso ¿qué ha funcionado como programación bajo hipnosis? ¿Dónde se ha dicho: “si es una maravilla de la técnica, tiene por fuerza que servir para algo”? ¿Qué nos lleva a actuar como si así fuera?

A propósito de un discurso real

Esos políticos y jefes de Estado que, con fingida nostalgia, nos hablan de “un pasado que ya no volverá” se comportan como el ladrón que con ese mismo discurso tratara de justificar su derecho de propiedad sobre la cartera que acaba de sustraernos. Efectivamente, el pasado no volverá, pero eso no significa que no pueda volver lo que hubo, o algo como lo que hubo, en ese pasado.

“Estamos trabajando para usted”

¡Caramba, pues no recuerdo haberles encargado ningún trabajo!

Moderneces

“Psicólogos sin fronteras ayudando a los familiares de las víctimas”: llegar de una manera especializada y técnica, trabajosa, a hacer lo que antes hacía todo el mundo sin darse siquiera cuenta de que lo hacía.

La boda

Entra en la Catedral la Infanta del brazo del Rey. Avanzan por el pasillo central con lento y solemne paso. Tan lento que al Rey le parece que han de apresurarse un poco más. La Infanta advierte la aceleración imprimida por su augusto padre y aprieta también el paso. Ninguno de los dos quiere dar su brazo a torcer, de modo que acaban compitiendo en un esprint en el que, ¡oh, fatalidad!, se le enreda a la Infanta el vestido nupcial y eso le hace perder el equilibrio: Ha ganado el Rey, está ya en brazos del novio, que lo recibe alborozado – “¡Campeón, campeón!”– y lo abraza y lo besa. La novia se levanta: “¡Fernando! ¡Prometiste casarte conmigo!” “¡Sí, pero él ha llegado antes!” Y ella, ya con la voz ronca de una folklórica desmelenada: “¡Sólo porque he tropezado!” “¡Y a mí que me cuentas!”: Fundidos en un abrazo, dan botes de júbilo el novio y el Rey ante el altar, celebrando el gol, entre el entusiasmo de la multitud.

La lengua

¿Qué espacio más propiamente mío que aquel en el que me muevo? No es, pues, del todo mío el espacio de mi cuerpo: en él no me muevo yo, sino objetos que están en mi cuerpo pero no son yo, y hasta llamarlo espacio es ya una concesión al problemático punto de vista de esos objetos, pues de entrada no parece que pueda ser espacio más que un ámbito en el que podríamos movernos, virtualmente nuestro: lo abierto, lo vacío, nunca lo cerrado y lleno. Sólo que esa cerrazón y plenitud de mi cuerpo no es, al parecer, completa, porque respeta la cavidad de la boca, un espacio en el que, gracias sobre todo a la lengua, puedo en efecto moverme. Por ello ese espacio es en mi cuerpo, al parecer, el único propiamente tal y propiamente mío. ¿Será por eso por lo que la lengua ha ido a dar en órgano del lenguaje? Pues el lenguaje es, también él, algo así como un espacio interno: campo de oposiciones, distancia, pero distancia inextensa: distanciamiento respecto a las cosas, pensamiento: yo.

Proposta presentada en una Reunió de Departament a l’I.E.S. “Josep Pla” de Barcelona

ATÈS QUE els objectius generals del primer cicle en el seu tercer nivell de concreció es consideraran objectius terminals del segon cicle en el seu primer nivell de concreció, amb l’agreujant que en aquest cas no fóra aplicable la tallant però assenyada estratègia que tant d’èxit va tenir amb “la part contractant de la primera part”, que, tot i ser ajustada a situació, fóra considerada una greu falta d’acatament a l’esperit i a la lletra de la Reforma, sinó que cal trobar sentit i coherència en aquest galimaties sense cap ni peus,

I ATÈS QUE això no fóra mai possible en un estat mínimament lúcid de consciència,

PROPOSO QUE, a partir de la propera reunió i fins a final de curs, mai no s’obri la sessió fins que, sota l’efecte d’algun estupefaent, com ara podria ser un porro que cadascú de nosaltres hi podria dur, no haguem assolit un nivell de consciència prou crepuscular com per trobar sentit a tota mena de crèdits, variables i fixos, de síntesi i d’anàlisi, a les dues classes d’objectius, als tres nivells de concreció, i fins i tot a les set apocatàstasis de la mandonguilla bonyeguda, el dia que les instàncies competents, mitjançant publicació als Diaris Oficials, es dignin a crear tan imprescindible figura.

Barcelona, 20 d’octubre de 1997,

(firma)

Experiencias límite

Estamos tranquilamente haciendo cualquier cosa, escribir a ordenador por ejemplo, y de repente ya no es en la palabra que estábamos buscando o escribiendo en lo que estamos, de repente nos encontramos suspendidos en la desesperada búsqueda de algo así como una explicación, porque sentimos que está pasando algo y no sabemos qué. Vendría a ser, pues, como un “¿qué pasa?”, pero no hay tiempo para que llegue a serlo. Hasta que, cuando ya todo ha pasado, nos damos cuenta de lo que era: el libro que teníamos apoyado en la pata de la silla se ha caído al suelo y ha hecho ¡patapum!. La experiencia de una explosión, de resultas de la cual acabará uno quizá sepultado en escombros, no debe de ser en un principio cualitativamente diversa. También habrá en ella el asombro inerme del que busca asirse a una respuesta sin siquiera saber cuál era la pregunta. También y, por supuesto, sobre todo en ella, claro. Pues parece ser ella, la catástrofe, aquello de lo que el inocuo sobresalto cotidiano no es más que débil trasunto, parece ser ella el paradigma. El patapum del libro en el suelo tenía, pues, esencialmente, carácter de catástrofe. Por mucho que no llegue a romper el contexto cotidiano del que ha nacido, el sobresalto es una experiencia límite: desde dentro de esa cotidianidad en la que pisamos terreno firme apunta a un fuera donde perdemos pie. A un vacío en el que zozobramos.

En el andén del metro

Comunican por los altavoces que la línea está interrumpida en la mitad de su recorrido. Como es algo que en esa línea suele suceder, está uno tentado de ponerse a hablar con otros pasajeros, aunque sólo sea para desahogarse. Pero una sustancia sorda y pringosa nos detiene: la música ambiental campa y cunde, atiborra los oídos, ahoga cada partícula de aire. ¿Por qué necesitará hoy el Poder tanto ruido? ¿Quizá porque comunicar es técnicamente tan fácil? La posibilidad de hacer llegar una voz a todos los pasajeros a través de los altavoces, la posibilidad, incluso, que los pasajeros tienen de comunicarse con el jefe de estación mediante un interfono instalado en el andén, no podían detenerse ahí: tenían que doblarse de música ambiental. Como una guinda sobre el pastel, la música ambiental nos trasmite la convicción de que está todo acabado, cerrado, perfecto. Ya no hay nada que decir: está todo dicho y sabido y controlado. ¿Como una guinda sobre el pastel? No, no es exactamente así. Pues al fin y al cabo una guinda no rompe aquello de lo que el pastel iba: la cosa era ya un lujo, y la guinda no hace sino confirmarlo. Pero, ¿se puede saber qué demonios pinta en el juego del trasladarse de un sitio a otro la música ambiental? Es más bien como el lacito que la mamá amantísima ha puesto sobre el juguete –ahora sí que está mono– y definitivamente le echa a perder al niño las ganas de jugar. O como una guinda en el zapato. Es el toque festivo: decorativo, lujoso, superfluo. La fiesta, dorando y envolviéndonos todo en papel de celofán, va pervirtiéndolo todo de sus verdaderas funciones para volverlo modorra y sueño: es ya el mecanismo número uno de inhibición y desmoralización del personal. Es como si el Poder fuera por ahí gritando: “¿Queréis guindas?, ¿queréis lacitos?, ¿queréis fiesta?”, y la muchedumbre rebañega de la ciudadanía moderna contestara entusiasmada: “¡Sí, sí, danos guindas y lacitos!, ¡danos fiesta!”. Incapaz ya, en su puerilidad, de entender que guindas y lacitos no son buenos de por sí, sino sólo dependiendo del asunto del caso, encuentra natural andar con zapatos de guinda y jugar con juguetes de lacito. Pero el Poder ni siquiera ha de molestarse en pedirle a nadie su opinión, pues sólo es Poder porque puede estar seguro de que todos van a querer cada cosa que a él le convenga.

Parece, pues, que lo festivo es hoy por hoy de naturaleza represiva. Y así como al niño del ejemplo se le cortan de cuajo las ganas de jugar, pero, si a pesar de todo todavía le quedara alguna y echara mano del juguete, la mamá lo miraría con desconfianza (“¡A ver si va a romper el lacito!”), del mismo modo, en ese andén sumergido en música ambiental, enseguida se nos echan a perder las ganas de hablar con nadie que tengamos a más de diez centímetros de nuestra piel, pero, si por maravilla se nos ocurriera todavía dirigirle la palabra, pareceríamos aguafiestas, casi nos mirarían como si fuéramos terroristas. De manera que hay que tentarse la ropa. Y aunque no logren del todo hacernos aburrir el juego, aunque en el andén del metro todavía imaginemos y podamos sonreír recordando o hasta simplemente contemplando –leer, con ese ruido, ya no nos dejan–, sólo de pensar en la maravilla que eran los andenes de antes de esto, cuando aún no éramos niños ñoños respetando lacitos, sólo de pensar en pasear tranquilamente en silencio, sin más ruidos que los de verdad, los requeridos por la cosa misma –el taconeo de aquella muchacha por allá, las pisadas de ése de ahí que lee el periódico, la atropellada carrera escaleras abajo de aquél, que no quiere perder el metro–, casi sólo de pensarlo se nos arrasan los ojos en lágrimas ante tanta –nos parece ahora– belleza perdida no menos que a Boabdil cuando le hablaban de Granada.

El Poder, en nuestras caras

En El País se refiere un columnista a una foto tomada con motivo de la finalización, hace unos cien años, de los trabajos de construcción de una estación de ferrocarril, y observa que ninguno de los obreros allí retratados aparece sonriendo: “¿Es posible que en un momento así a ningún alma sensata entre 100 se le ocurra hacer una broma?”. Ciertamente, la solemnidad del momento estaría sin duda pidiendo un burlador que la pinchara, que pusiera de manifiesto que no había para tanto. Pero, si en aquella época era tal vez la seriedad un ingrediente necesario de esa representación de sí mismo que parece inherente a todo dejarse retratar, hoy con toda seguridad lo es la informalidad, el desenfado. Quien hoy en día tenga ante la cámara fotográfica el aplomo de dejarse fotografiar sin más, sin esforzarse por sonreír, inevitablemente pasará por soso o aguafiestas, y hasta se le echará en cara su soberbia: “Pero, ¿qué se ha creído? ¿Por qué no puede sonreír como todos, por qué se tiene que distinguir? ¿Quién se creerá que es?”. Como en aquel dibujo de Quino en que los pasajeros de un metro regañan a uno por poner “cara de algo”, pero al revés, hoy parece que, en cuanto intervenga algún grado de representación, por leve que sea, poner “cara de algo” es precisamente lo obligatorio. Quien se deje fotografiar a pelo habrá de exponerse al resentimiento que suscita todo aquel que, aunque sea sin querer, pone al descubierto un tabú.

O sea que fotografiarse sin sonreír es tabú, a lo que parece. Dicho del revés: toda sonrisa fotográfica es la sumisión al poder trazada en nuestras propias caras. Pero ¿por qué ese tabú? ¿Qué gana el Poder con él? Tampoco hace cien años, ni quinientos, se dejaba al azar la representación de uno mismo en el retrato: la apariencia tenía sin duda su importancia, había que cuidarla. Pero aquel cuidar la apariencia –las apariencias, las formas– era aún relativamente inocente: los contenidos que adoptaba –dignidad, seriedad, formalidad– en modo alguno pretendían desdecir su carácter de apariencia: aquella dignidad, aquella seriedad, se presentaban como revistiendo a sus portadores, aquella formalidad en su mismo nombre mostraba su vinculación con el mundo de las apariencias y las formas. Por el contrario, cuando las apariencias lo son de informalidad hemos de sospechar una perversión; como si uno aparentara no aparentar. ¿No hemos oído todos alguna vez recomendar a alguien que se está haciendo una foto que se ponga natural? Semejante recomendación, que tan palmariamente se refuta a sí misma, muestra la vigencia de uno de los dogmas de nuestro tiempo: el implícito en el imperativo “¡Sé tú mismo!” –que a su vez podemos ver, al revés, como una especie de continua recomendación de que nos pongamos naturales, como si en cada uno de los actos de nuestra vida nos estuvieran haciendo una foto–. Se ve ya en qué ha consistido el progreso: hoy la representación afecta a algo más íntimo que hace cien años. Entonces, cuando el retratado, con su actitud, decía “soy honrado, soy formal, soy como Dios manda”, la representación se quedaba en lo moral convencional, sin pretender alcanzar a cosas más verdaderas e íntimas: fuera del retrato quedaba pudorosamente reservada la buena o mala persona que detrás pudiera haber, quedaba su felicidad o infelicidad. Pero hoy lo que el retratado dice es algo así como “lo tengo todo controlado, soy feliz”: la representación pretende, en su obscenidad, alcanzar la verdad última, íntima, del representado. También de esa verdad se ha hecho, pues, el individuo una idea, puesto que la puede representar, también de ella se ha hecho un cliché. Pero de la felicidad no me puedo hacer idea. Decir que soy feliz implica necesariamente una ficción. ¿Qué abismal inseguridad de fondo se requiere para sentirse obligado a mantenerla?

La trasgresión moderna

En el metro, la propaganda de no sé qué teatro municipal anuncia “un espacio para la transgresión”. Pero, si trasgredir algo es traspasar su límite, ¿qué trasgresión es ésa que no se atreve a existir si no es dentro de los límites que el Ayuntamiento le marca?

El juego del amor

Todo juego implica simulación, pero quizá no haya más que una transición insensible entre jugar a estar enamorado y estarlo de veras: quizá el enamorado ha acabado creyéndose de tal manera su propio juego que ya no concibe la posibilidad de salirse de él. Y lo más erótico de ese juego, lo más erótico de jugar dos a estar enamorados, es esa complicidad que se crea entre los jugadores, únicos partícipes de un secreto. Pero ese secreto, ¿ante quién se guarda? No sólo ni principalmente ante los extraños, sino sobre todo ante los propios interesados: son ellos mismos, precisamente porque oficialmente se son mutuamente extraños (pues aún se trata de un juego y no de “la vida misma”), los que a cierto nivel deben por todos los medios dar la apariencia de que “aquí no pasa nada”, y no darse de ningún modo por enterados de la maraña de pequeños indicios y mensajes que bajo mano se intercambian. Es ese no pero sí, esa ambigüedad en la que dos extraños no dicen pero sí dicen que no se son del todo extraños, lo más hermoso del juego del amor. Y cuando el juego se haya convertido en realidad y sea ya imposible no darse por enterado, si esa realidad a pesar de todo sigue teniendo algo que ver con el amor es que todavía permanece en ella de algún modo preservada aquella ambigüedad, aquella extraña disociación entre lo oficial y algo más que no se dice. Por eso decimos que el amor es juego.1

Mundo encogido

Aquel tiempo en que nos enterábamos, en un dictado (era, he sabido después, una página de Julio Camba), de que los alemanes no concebían la más mínima acción sin un aparato para ejecutarla de una manera más complicada, “los alemanes”, oíamos, o “Alemania”, y nos imaginábamos otro mundo, desconocido y lejano, como si allí, en Alemania, fuera siempre de noche… Era muy improbable que algún día fuéramos a ver un alemán. Como un bosque, el mundo tenía espesor, era grande, inagotable… Y ahora esto.

De una convocatoria para la incorporación de doctores españoles a las universidades mejicanas

Ya no encontrarás “histología”, “paleografía” ni “química inorgánica”, sino sólo cosas como “tecnología educativa para profesores”, “márketing político”, “simulación de eventos y procesos”… ¿Será que ya sólo hay saber de la pura nada?

Metamorfosis de las noches

Después de unos años de ir sustituyendo electrodomésticos viejos por otros nuevos, ahora una nevera, después un vídeo, un buen día nos damos cuenta de que las noches de nuestra casa se han ido poblando de extrañas luces fantasmales. No recordamos haber decidido nunca instalar esa fosforescencia verdosa en la cocina, ni esas cifras iluminadas en el comedor. Pero esas luces, a veces acompañadas de un eléctrico zumbido, inquietarán ya para siempre lo que debía ser la casa a oscuras, le darán mal sueño, pesadilla, y en la noche del comedor –nave espacial de ciencia-ficción– ya no podrá tranquila entrar la luna, ni nosotros nos sentiremos ya del todo en casa: la nuestra propia se nos ha vuelto ajena, “de ellos”, de nadie.

Divagaciones ferroviarias al atardecer

Este mirar por la ventanilla la penumbra de los campos desde la trivial claridad del vagón-cafetería del talgo viene a ser como un atisbar por las rendijas de la modernidad los latidos de lo que queda fuera, la inmensidad del mundo. Son ambas, como referidas al margen, a lo que queda fuera, ocupaciones patentemente marginales. Pero de ningún modo carentes de interés; se me ocurre que deberían hacer trenes oscuros en los que poder dedicarse a contemplar el dudoso paisaje nocturno, pues, lo que es en estos trenes “especialistas en tí”2, el cristal de las ventanillas no es más que un espejo de la consabida realidad del vagón –y por si fuera poco está el vídeo–. Como la modernidad, de nuevo. Es la perfección del sistema: lograr que de fuera sólo nos lleguen reflejos de nosotros mismos: “los griegos eran muy machistas”, “ya Platón era comunista…”, etcétera. Pero ahora, si nos esforzamos y hacemos pantalla con las manos, esos campos oscuros, ¿no nos dicen algo? A lo mejor esas luces lejanas nos sugieren ámbitos aún vivibles. Lo ha dicho, al poco de instalarnos en el vagón (aunque no era aún de noche), mi madre (como siempre, es la mirada vieja y niña la que acierta): “Vieron una luz a lo lejos. Y, caminando caminando, llegaron a una casita. Era la de los enanitos. ¡Fíjate!”. “¡Qué inocencia!”, quería decir ese fíjate. Pero a veces a la inocencia hay que tomarla en serio. O bien, esos postes de alta tensión, ¿no podrían ser gigantes salteadores de caminos, y aquella hilera de luces, una cabaña de leñadores? ¿Por qué será que esas sugerencias de vida tal vez aún vivible que la incertidumbre de esos campos nos envía, no conseguimos ilustrarlas más que con ficciones? Pero es que en la sociedad moderna y, como dicen, real, pocas cosas son vivibles. Y en todo aquello, en la llegada a la casa de los enanitos o a la cabaña de los leñadores, en el encuentro con los gigantes, se repite la entrada en un ámbito en el que todavía rigen costumbres no asimiladas a ese continuo de lo científico–planificado–optimista–deportivo–simpático-didáctico–ecologista–diseñado–asegurado–y–concienciado. En el que todavía rige la vida.

Vuelvo a nuestro vagón. Se apaga el vídeo, y el fondo que queda no es la simple negrura (¿sería demasiado sencillo?): es un embrollo de puntos brillantes saltando azarosamente como locos para no ir a ninguna parte.

Sin libro en un bar, o la añoranza del letradicto

¡Quién pudiera leer en los anaqueles las botellas de licor y el blanco de las tazas, en el aire el olor del café y los gestos de la camarera, quién pudiera descifrarlo todo mediante alguna clave, como un jeroglífico, y seguir siempre leyendo, leyendo, leyendo…!

Definiciones de día

María Moliner (“Espacio de tiempo que tarda el Sol en dar una vuelta completa alrededor de la Tierra”) daba una definición clara y verdadera, fiel a la lengua y al mundo de la lengua, que es el de la experiencia común y corriente. En el Casares, en cambio, se buscaba ya una componenda con el mundo de la ciencia: “tiempo que el Sol emplea en dar aparentemente una vuelta alrededor de la Tierra”. Pero donde no hay ya componenda, sino pura y simple rendición del mundo de la lengua al de la ciencia es en la nueva edición que del Moliner han hecho a su gusto los editores: “tiempo que tarda la Tierra en dar una vuelta sobre su eje”. Como si, en cuanto el astrónomo sale de su observatorio, no hubiera, también él, de caminar sobre una tierra quieta, por encima de la cual se mueve el Sol, como si con sus propios ojos no viera también él cómo se oculta el Sol tras el horizonte. Como si ahora tuviéramos todos que adoptar en nuestras casas o en la calle el punto de vista, especializado y retorcido, que adopta el científico cuando trabaja en su laboratorio. Mentecatez, sumisión a la ideología dominante.

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Glosa al anterior: Pero en realidad ni para la ciencia hay “días” ni, caso de que los hubiera, los iba a definir por las vueltas que da la Tierra alrededor del Sol, pues, siendo para ella todos los sistemas de referencia en principio igualmente válidos, más bien habrá de decir que, prescindiendo de todo lo demás, tanto el Sol como la Tierra se mueven alrededor de un punto situado entre los dos. La definición no recoge más que lo que los editores del diccionario se imaginan que es lo científico y verdadero: es más mentecata todavía.

Las otras veces

Le han llamado para que recoja las cosas: la habitación ha de quedar vacía. Y, sobre todo, los pendientes, el audífono, los anillos, la medalla que lleva su madre al cuello. Para quitarle los anillos ha de cogerle la mano. Hubo otras veces que sus manos se encontraron, hace más de cuarenta años. Entonces era ella quien le cogía la mano a él, jugando. Jugando (como si le hiciera cosquillas, los dedos de ella en la mano de él) y cantando (porque la voz seguía la acción, ¿o era al revés, lo que le hacía ella repetición de lo que la canción decía?): "Tricotrín tricotrán,/ de la vera vera pan,/ balistero balistero,/ (tiroriro riro¡reroooo!)"

Del cuarto y último verso ha olvidado la letra, pero la entonación no podría olvidarla. Aquel “-rero” final, o lo que fuera, era una explosión de alegría tal que había que echarse a reír, no importaba que uno no supiera de qué.
Y ahora él le coge la mano, aún caliente, y mientras intenta quitarle el anillo recuerda: “Tricotrín tricotrán…”.

Asfaltemos todo el campo antes de que nos hagan tirar el chicle a la papelera

Entre el metro y la facultad de filosofía de la Universidad de Barcelona nos han quitado un campo, con todos sus árboles, arbustos, hierbas, matorrales, lagartijas y saltamontes, para cubrirlo de edificios de la Universidad. En un anuncio del periódico leo que el Ministerio de Fomento ha gastado en el último trienio 970.000 millones de pesetas en construcción de 900 kilómetros “de autovías”, y aunque el anuncio las mide sólo por su longitud, como también tendrán anchura, resultan, con sólo poner 20 metros, 1800 hectáreas de campo desaparecidas bajo asfalto de autovía, a lo que hay que añadir los estragos de las empresas que edifican plantas industriales, los ayuntamientos que construyen parques y en general cuantas instituciones manejan dinero a lo grande. En el caso de la Universidad de Barcelona el pretexto ha sido que si no se perdía una subvención de la Comunidad Europea que había que agotar. Pero ¡qué culpa tendrá el campo! Es el mismo razonamiento de aquel niño que, cuando el maestro le hacía tirar el chicle a la papelera, se lamentaba: “¡una peseta tirada!”. También aquí valdría la respuesta del maestro: “la peseta la tiraste tú cuando compraste el chicle”.

Lo femenino

Esas niñas que juegan a esquivar la pelota que otra les va tirando chillan al hacerlo de una manera tan gozosa que no puede uno por menos de preguntarse si chillan porque la pelota les va a coger o se ponen delante de la pelota para poder chillar. Si ese niño que participaba también del juego ha acabado por retirarse de él ha debido de ser por no poder compartir ese gozo, por no poder comprenderlo.

Prohibido contemplar

Pie de foto en El País: “el ministro observa la llanura desde el castillo”. O sea, que toda mirada ha de ser obligatoriamente observación, que está prohibido reconocer ninguna como contemplación: eso sería admitir que todavía es posible deponer por un momento la compulsión a mantenerlo todo bajo control y descansar en lo que gratuitamente nos es dado.3

Un cartel publicitario

Esa mujer que nos muestra sus uñas pintadas, orgullosa, nos pone tal cara de satisfacción y triunfo, están todos los rasgos de su rostro tan embebidos de significado, que no podemos dejar de ser partícipes de su pasión. Pero, prisionero del cartel, ese rostro está cortado de toda voz y todo contexto, suspendido en el instante de un gesto, como pez en una pecera congelada, como en una pesadilla, así que nuestra participación queda en el acto sofocada: Nos encienden y nos apagan a la vez.

De cuando no había un televisor en cada casa

(Montornés del Vallés, invierno de 1964.) En las calles nevadas, olor a madera de pino ardiendo. De algún huerto llegan, apagados, hachazos en la leña. El aire es fino. Ladridos a lo lejos.

Espontaneidad lingüística de Milagros, I

 “Algún problema ha uno de tener.”

Abrirse la piel

Aquella expresión tantas veces contemplada y amada en el amado, sorprenderla en el propio gesto de nuestra cara: qué poquita cosa y, sin embargo, tal vez lo máximo a lo que el amor puede llegar. Pues, si era ello la ilusión de que dos eran uno, ¿cómo cumplirlo, cómo abrirse la piel? Pero es en su cara donde uno es uno (por eso es “semblante”, porque encarna la semblanza o figura de uno) y la cara es modelable, y así, parece que sí, que de alguna manera puede ello cumplirse, que se cumple cada día, que se cumple en ese juego, delicia de abandono a que se entregan los enamorados, de hacerse la cara del uno espejo de la del otro, donde las dos son igualmente y a la vez original e imagen. No hacer manitas: hacer caritas es la fiesta más hermosa del amor.

Espontaneidad lingüística de Milagros, II

“No sé si volveré a Madrid esta noche o mañana”, le dije cuando la telefoneé ayer, de modo que, cuando vuelvo a llamarla hoy, me pregunta: “Y... ¿has vuelto mañana?”

“Me asaltan las siguientes consideraciones”

Eso te pasa por ponerte a escribir Cartas al Director.

“Expertos”

Leo en El País: “Los expertos analizan el éxito televisivo del año”. Es lo mismo en todo: televisión, enseñanza, sanidad, finanzas, lo que sea: todas las cosas de interés común tienen que estar siempre mediatizadas y fiscalizadas por “expertos”. Pero esos “expertos” ¿qué diablos son? Dado que experto es aquel que tiene experiencia, podría pensarse, por ejemplo, que esa “Crítica de la pedagogía dominante” que he escrito para que el desperdicio de mis años de docencia en la enseñanza secundaria no fuera total, es la obra de un experto. Pero al autor de escritos de ese tipo nunca se le consideraría un “experto”. La “experiencia” de los “expertos” no es aquella que todo el mundo puede adquirir con sólo aplicar su sensibilidad y su inteligencia a lo que la vida le va ofreciendo cada día. Más bien parece, a juzgar por lo que uno lee en los periódicos, que es todo lo contrario: trabajo de asimilación de una serie de tesis escamoteadas una y otra vez al examen: ésa es la “experiencia” que a uno lo constituye en “experto”. Trabajo de atrincheramiento y blindaje: en la enseñanza, la televisión, la sanidad, las finanzas, etcétera, cerrar todos los huecos por los que los conceptos que se manejan podrían respirar y conectarse con todo lo demás. Pues esa conexión, precisamente por ser con todo lo demás, puede ser muy peligrosa: tendrá la consecuencia de que los conceptos resulten siempre provisionales, sujetos a revisión. “Expertos” son quienes, en el campo en el que funcionan como tales, han logrado matar al niño que todos llevamos dentro, y dicen muy seguros "eso no es realista; todos sabemos que...". No debemos extrañarnos de que todo esté siempre en manos de “expertos”: es la garantía de que nunca se le van a ver las vueltas a nada.

Dos asfixias

Antaño eran cosas como la religión y la respetabilidad las que servían para preservar la dominación, pero hace mucho que ésta se sustenta en todo lo contrario: la “transgresión”, la negligencia. A la vez que los protagonistas de mayo del 68 se colocaban de ejecutivos, “prohibido prohibir” y demás lemas de aquella revuelta se transformaron en eslóganes publicitarios, instrumentos de atontamiento al servicio del capital. Pero los progres, que son lentos de reflejos, ahí siguen, luchando contra lo que ellos creen vigente y apuntalando así el sistema de dominación que de hecho lo está. No hay peligro de que entiendan lo que una película como Nunca pasa nada (Juan Antonio Bardem, 1963) nos dice, por contraste, sobre la sociedad actual. Se retrata en ella el asfixiante clima moral de una ciudad provinciana de la Castilla de entonces. Julia, la mujer del médico, vive en la perpetua insatisfacción de sus ensoñaciones románticas, que se rebelan contra el aburrimiento de un matrimonio sin amor; parecida es la frustración de Juan, el profesor de francés que escribe versos, y sólo en apariencia menos frustrante la vida de Enrique, el médico: todos se debaten bajo el peso de normas de conducta que no se atreven a trasgredir. Todos excepto Jacqueline, la corista, pero ella no pertenece a ese mundo: hay un momento en el que, no pudiendo más, se echa a bailar en el café con la música de la jukebox… y poco menos que arma un escándalo. Qué triste todo, qué desesperado. Y, sin embargo... En algo aquella sociedad, con ser tan asfixiante, lo era menos que la nuestra. Mandaba en ella el silencio: no había ni que pensar ciertas cosas, y si se pensaban, había que callarlas. Pero hay un momento en la película en el que, como por casualidad, se enciende un diálogo entre Juan y Julia, y esos dos personajes descubren cuántos anhelos tienen en común; en él, Juan se atreve a pronunciar una frase. Dice: “Sepa que alguien piensa en usted”. Y, con sólo eso, el silencio se ha desgarrado. Ha entrado una bocanada de aire fresco. Todavía en 1963 la palabra de la libertad, la que perforaba los muros de la opresión, era pronunciable. Ahora, en cambio, cuando la opresión está hecha de aquellos mismos gestos que en Jacqueline eran fiesta, alegría y goce, ahora que está hecha no de silencio sino de ruido, de una espesísima, agobiante, atronadora capa de ruido, ¿qué palabra pronunciaremos? ¿Cuál podría ser taladro para ese muro? En 1963 bastaba encontrar una que no fuera silencio. Ahora necesitaríamos una palabra callada, y ésa, ¿cómo podría oírse? Es nuestro mundo el asfixiante, no el de 1963.

En el n aniversario de la muerte del famoso x

Efectivamente, en 1963 nunca pasaba nada. Por eso podía a veces pasar algo. Ahora, en cambio, precisamente porque todo está programado para que esté pasando algo continuamente, por eso mismo, ahora sí, nunca puede pasar nada.

La publicidad le conoce a usted

Encuentro en el buzón una hoja publicitaria en la que una cadena de pizzerías anuncia a sus clientes que pueden conseguir una barca hinchable. “Te vas a hinchar a regalos”, leo, y me parece ver en ello varias cosas. La primera, el que (hincharhinchable) al parecer no sea posible anunciar nada sin hacer que el mensaje se conecte, da igual de qué manera, con el nombre de lo anunciado. La segunda, el tono un tanto violento o grosero de la expresión “hinchar a...” (el mismo que hay en “lo infló a hostias”). La tercera, el tuteo. La cuarta, ese futuro que pretende saber lo que el receptor de la hoja publicitaria va a hacer, de modo que no hace falta proponérselo, sino que basta con anunciárselo. Y todo ello es coherente lo uno con lo otro. Pues, si ya sabemos lo que usted va a hacer, y por cierto antes que usted mismo, de modo que necesita que se lo comuniquemos, es que es usted un dominguillo, y lo propio es tratarle de tú. Pero, también, ¿cómo podríamos saber lo que va usted a hacer si no fuera porque es usted un burro tras la zanahoria o un cerdo que no puede evitar revolcarse por el fango? Hay en usted, pues, una incapacidad de distanciarse de sus deseos, una coerción a la satisfacción inmediata, que hace que lo indicado sea hablarle en términos siempre un tanto groseros, de harturas e hinchazones. Y, en esas harturas e hinchazones en que usted, al parecer, como un cerdo vive, es lógico que el discernimiento ande un tanto disminuido (lo que no mata engorda), y no pueda usted detenerse un momento a reparar en que el que algo sea hinchable no significa que por su causa tenga uno que hincharse a nada. Detenerse sería ya, en efecto, crear una distancia, romper el juego de fuerzas que irremisiblemente tira de usted para abajo.

Letreros de RENFE

“Los novelistas recomiendan adquirir el billete para no contar historias que nadie se cree.” Y en letra más pequeña: “Ahorra dinero e inconvenientes adquiriendo tu billete antes de subir al tren.” Es curioso, en el segundo letrero, que al usuario de un servicio público se le trate de tú, pero el primero va más allá: es un caso de lenguaje “gracioso” que se asienta en una posición de superioridad y trata de confirmarla: su “gracia” no consiste en otra cosa que en ridiculizar al subordinado, como haría un sargento abusón con el recluta que le da ocasión de exhibir su poder. Como a subordinado, en efecto, tratan esos letreros al viajero que, ajeno a la humillación que le espera, deja a sus ojos caer sobre ellos. Es el estilo que en sus avisos al usuario tienen los organismos y administraciones del Estado surgido de la Transición. A la legua se ve que no hay en él una brizna de democracia, un pelo de ciudadanía, una sombra de reconocimiento de la mayoría de edad de sus, como dicen, “ciudadanos”. Y, como padre que al nene dice “eso, caca”, el sargento abusón que redacta los avisos al público en los trenes de RENFE me suelta ahora: “Tren sin humo”.

Del arranque de un discurso conductor de visita guiada a Monumento Nacional

Había estado explorando el claustro de aquel monasterio, aquellas salas y muros, y esperaba con curiosidad el comienzo de la visita guiada. Poco a poco, en lo que parecía ser el vestíbulo, como en una sala de espera, se había ido formando un grupo de interesados. En un momento dado, una mujer joven, con un micrófono de esos que no necesitan sostenerse con la mano porque vienen ya instalados como parte del equipo y un aire de saber ya lo que tenía que hacer, empezó a abrirse paso entre la gente, sin mirar a nadie, como ausente, y se colocó frente al grupo. Era la guía, sin duda: Por fin. Un momento quedó esperando, con la mirada hacia arriba, clavada en algún punto del infinito, a que los componentes del grupo se callaran. “Me llamo Menganita. Damos comienzo a la visita guiada...” Me cargaba un poco aquel estar la guía como ausente, como si se moviera en otra dimensión del espacio, superpuesta a las nuestras, como si en cualquier momento pudiera ella pasar a través de nuestros cuerpos sin siquiera rozarlos, pero intenté sumergirme en la explicación, hacer saltar, con la atención, las invisibles paredes que separaban nuestros mundos. Se trataba de las circunstancias en las que, allá por la Edad Media, el monasterio se fundó. Había unos monjes cistercienses: “El rey Fulanito les cedió”, dijo, no sé qué propiedades “para que allí instalarán ...”. No pude escuchar más: “instalarán”, con acento: palabra aguda: futuro: “Les cedió para que instalarán”. Y no pude escuchar más porque, entretanto, mucho más urgente que escuchar se había vuelto tomar nota de que a aquel discurso, que, dirigido al público visitante de un Monumento Nacional dependiente del Ministerio de Cultura, se repetía varias veces al día varios días a la semana quizá todas las semanas del año, el funcionario que lo había escrito había sido incapaz de colocarle los acentos, el que lo había corregido había sido incapaz de descubrirle el sentido y el que lo pronunciaba era incapaz de dárselo y lo tenía que recitar como un loro habría podido recitarlo. Había que tomar nota de todo eso porque todo eso era síntoma de que en este país, en este Estado, la cuestión del sentido era irrelevante. Es irrelevante. Y me parecía como si fuera el Estado el que se movía en otro mundo, en otra dimensión, ajena y superpuesta, indiferente, a las tres dimensiones en que nos movemos sus supuestos ciudadanos, y que a eso se debía en el fondo el carácter ausente que en aquella guía creía percibir.

Peligrosidad del islam

En un vagón del metro, no puedo evitar volverme una y otra vez: Esos ojos, esas mejillas, esa boca... A veces el velo con el que algunas árabes o musulmanas se tapan el cabello no parece tener otra función que obligarnos a reconocer que toda la hermosura del mundo puede caber ahí, en la combinación de unos ojos, unas mejillas, una boca.

Esta moderna certeza sobre la muerte

A propósito de aquel “sorella morte” de Francisco de Asís, leo en boca de uno de los personajes de Il fantasma di Mozart de Laura Mancinelli (Einaudi, Turín 1986): “E se uno invece sa che con la morte finisce tutto, la persona si spegne, non c’è piú? se uno non crede che un’anima separata sopravviva? se uno sa che colui che è morto mancherà per sempre?” (p. 72). Con la creencia o la fe del fraile de Asís se contrapone ahí nuestro saber de modernos: “Y si uno en cambio sabe que con la muerte acaba todo...” Qué tontos los frailes medievales, qué ignorantes. Tal vez. Pero ¿cómo puede uno saber que con la muerte acaba todo? Sólo empezando por decirse: “Bueno, ya estoy muerto: Vamos a ver si con la muerte ha acabado todo o no”. ¿Y qué es eso de que con la muerte ha acabado todo? Que en ella no hay nada, ningún decirse ni ningún ir a ver. Luego eso de que sabemos que con la muerte acaba todo es contradictorio: el propio carácter de saber es incompatible con lo que en este caso habría de ser sabido. Luego no sabemos que con la muerte acabe todo. Si pensamos lo contrario, es que somos aún más tontos que los frailes medievales.

Microsociología en el autobús

¿Por qué se me pone cara de asco al darme cuenta de que el conductor de este bus interurbano, cada una de las informaciones que sobre las condiciones del viaje nos da a los viajeros, la acaba, indefectiblemente, con un “¿vale?”? Se puede decir que mi cuerpo reacciona a algún sentido que en ese “¿vale?” cree encontrar. Pues bien, demos beligerancia a esa reacción: ¿Cuál es ese sentido? ¿Qué hay en ese “¿vale?” que le hace merecedor de tanta repugnancia? Tal vez la sugerencia, apenas educada, de que cada una de aquellas condiciones, cuya comunicación con esa muletilla se cierra, resulta de acuerdos venidos de arriba, que ciertamente podrán sentirse como estúpidos, arbitrarios o abusivos, pero no son, sin embargo, negociables (“es lo que hay”), de modo que quien intentara discutirlos sería ipso facto considerado un subordinado en trance de insubordinación y tratado con muy pocos miramientos. Por cierto, en los hospitales es la muletilla preferida de los enfermeros, lo cual es quizá señal de que allí funciona un poder sustraído a la discusión y al control público.

Puede tener interés trazar el camino que nos lleva de la apariencia perceptible de esos repetidos “¿vale? ... ¿vale?” al sentido cuyo descubrimiento hace un momento atribuíamos al cuerpo, a nuestro cuerpo. Y en esto tal vez lo decisivo sea la evidencia de que, siendo “¿vale?” en principio una consulta al interlocutor (“¿da usted por válido lo que le acabo de decir?”: ése sería, desplegado, el significado que en forma comprimida tendría la expresión de marras), el tono con el que en semejantes casos se profiere (que ante todo denota decisión, o más exactamente: que la decisión ya está tomada, como demuestran los frecuentes casos en que la muletilla pretendería someter a consulta hechos sobre los que nada cabe decidir: “el aceite es más ligero que el agua, ¿vale?”), ese tono, viene a contradecir e invalidar aquello que en principio se nos prometía: lo que hay ahí es una ficción de consulta que de hecho reclama la sumisión del interlocutor: “¿me promete usted que va a amoldarse a esto sin rechistar?”. Voluntad de presentar como abierto a sugerencias y opiniones, horizontal, guay, lo que es cerrado, vertical, y seguramente bastante siniestro. Tal sería el sentido de esos repetidos “¿vale? ... ¿vale? ... ¿vale?” que tanto gustan a los enfermeros en los hospitales.

Mis sobrinos

Los jóvenes actuales cumplen con bastante exactitud la propiedad que Heisenberg atribuía a las partículas subatómicas: si sabe uno dónde están, no puede saber a qué velocidad se mueven, y viceversa.

¡Eh, viejo!

(En memoria de Agustín García Calvo)

No se me moleste, que la ocasión lo requiere: ¿Cuánto tiempo va usté a seguir dejándose llamar “mayor”, “persona mayor”? ¿No se le enciende la sangre? ¿O es que ya no le corre sangre en las venas? No me diga que no ve la diferencia: Si es usté un “mayor”, una “persona mayor”, ya no le queda más que permanecer sentadito con una manta sobre las rodillas, esperando que venga la enfermera a darle la sopita y hacer con usted lo que ella quiera; si es usté un viejo, en cambio, todavía es usted quien decide, y eso es lo que importa: en el límite, si se ponen las cosas feas, todavía puede usted, con un poco de suerte, llevarse por delante cuatro patrullas de agentes del orden antes de dejarse reducir.

“Mayores”, “personas mayores”, “personas de la tercera edad”: mal pueden esas palabras hacerles a los viejos servicio alguno, cuando ya empiezan por hacerlos desaparecer, por lo pronto del vocabulario, como avergonzándose de ellos. Y no es casual: en una película, por ejemplo, puede funcionar como chiste el que la locutora del telediario sea una señora de ochenta años porque, en la realidad, entre los miles y millares de “bustos parlantes”, locutores y presentadores de televisión, en vano buscaríamos un solo viejo. De esa función están excluidos. Lo mismo que de otra infinidad de empleos y funciones, de ella se les ha hecho desaparecer. Y cuando algo que en sí mismo sería posible, natural y sensato, en el sistema imperante se evita y de él se excluye, es que pesa sobre ello un tabú. Un tabú pesa, pues, sobre la vejez, tanto sobre la palabra como sobre la cosa: los viejos son innombrables porque se desearía que fueran invisibles, que no los hubiera. En la imagen ideal del sistema, aquí no hay viejos, del mismo modo que aquí no se muere nadie.

“¡Feliz 2021!”

¡Qué 2021 ni qué cojones! ¡Los años no existen, idiota!

 

  1. Véase Autocríticas y rectificaciones.
  2. Me tomo la justicia por mi mano al escribir con acento, como y , aunque sólo sea porque con acento lo pronunciamos. Tenemos una Academia timorata.
  3. Título antiguo: “Periodismo reaccionario”.