Sabigoto es nombre de chica

Es hermosa la historia de cinco santos cuya fiesta se celebra hoy, tal como por lo visto la cuenta San Eulogio en el libro II de su Memoriale Sanctorum: Aurelio y Natalia (o Aurelio y Sabigoto, que lo mismo da), Félix y Liliosa, y Jorge, el monje que con ellos se fue. Véase el santoral, y consúltese la web de la Real Academia de la Historia, Biografías, que no tiene desperdicio. (¡Ah, se me olvidaba!: Es feliz coincidencia que el día de esos cinco sea hoy, porque su historia encaja de maravilla con la parábola del que en campo ajeno encuentra un tesoro, que se lee en el evangelio de hoy.)

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Sobre la violencia machista

Coges cualquier oficio, por ejemplo. Cualquier condición. Aficionados al ajedrez, pongamos. Y cada vez que un individuo de esa condición cometa un crimen, te pones a hablar de “crimen ajedrecista”. Y es claro que el caso de los crímenes machistas es más complejo, pero también que esa mayor complejidad nada tiene que ver con el machismo, ni siquiera con el sexo, porque es puramente lógica: ¿Hay algún otro carácter, aparte del sexo, esto es, la pertenencia a uno de los dos sexos, que permita dividir automáticamente, sin vacilaciones, de manera trivial, a toda la población humana en dos clases complementarias?

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Sobre el debate en torno al aborto

Cuando oigo apelar al derecho de toda mujer a disponer de su propio cuerpo, echo de menos el reconocimiento de que la comparación de las respectivas dotaciones genéticas muestra que el embrión no es parte del cuerpo de la gestante. Cuando, por otra parte, veo que toda limitación del derecho al aborto se considera sin más un recorte de derechos, echo de menos la consideración de que todos nosotros hemos sido en algún momento un embrión, y si ahora podemos tener derechos es porque previamente aquel embrión que fuimos pudo seguir nutriéndose y formándose dentro del claustro materno hasta llegar a término en el nacimiento. Dicho de otro modo: podemos ahora tener derechos justamente porque el embrión que fuimos no se trató como una simple parte del cuerpo de una mujer, sino como una criatura que debía llegar a término y nacer. Parece, entonces, que si hay algún derecho que en cierto modo sea prioritario, anterior a todos los demás y como condición suya, ése es un derecho a la vida cuyo titular es, parece, no sólo todo ser humano sino incluso toda criatura humana, nacida o aún no nacida. Así, la prohibición, en principio, del aborto, lejos de ser sin más un recorte de derechos, puede ser más bien medida que vela por la protección de los derechos que, de algún modo, son los más importantes de todos, como condición que son, para sus titulares, de todos los demás, y los más necesitados de protección, por afectar a las criaturas más indefensas de todas.

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31 de Mayo, o Vaya usté aprendiendo progreso

“En cuanto oyó Elisabeth el saludo, dio un salto la criatura en su vientre…”.

Exactamente, la criatura. Que, si no era eso una criatura, decidme qué lo será. Y ahora, ¡venga!, ¡extendamos a todo caso posible el derecho de la gestante a disponer quirúrgicamente de la más mínima criatura que dentro acierte a llevar! ¡Y celebrémoslo, celebrémoslo como ampliación de derechos y progreso civilizatorio! (Mientras, enfermera novata de clínica de interrupción voluntaria del embarazo se queda mirando, pensativa, minúsculo piececito sin pierna, arrojado al recogedero del material de desecho:     –¡Qué “piececito”!, –la tranquiliza compañera veterana– ¡Coágulo! ¡Eso no es más que un coágulo!)

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A un amigo que me preguntaba qué era eso de «sic»

Nada, pedanterías, que, como quizá sabes, en latín “así” se dice sic, y por eso en escritura un poco académica se ha hecho costumbre poner esa palabra entre paréntesis cada vez que tiene uno razones para mantener “(escrito) así” algo que en principio, por ejemplo de acuerdo con la Real Academia, estaría mal escrito. Y ése es el caso de a tí, porque es la RAE tan idiota (en el sentido etimológico de la palabra, de “particular”, es decir, de insensato o carente de sentido común: del que se rige por ideas particulares o chaladuras suyas y es por ello incapaz de comprender lo común) que pretende que, escribiendo el pronombre de a mí y el de a sí con acento, el de a tí en cambio, que es tan tónico como ellos, lo escribamos sin él. Pues, si la RAE no fuera idiota, si tuviera sentido común, en vez de suscitar esa proliferación de reglas con excepciones, se regiría por muy pocas y sencillas reglas universales, carentes de excepciones (por ejemplo: a mí, a tí y a sí, con acento porque son tónicas, a diferencia de mi coche y si quieres, sin él porque son átonas), y dejaría existir con acento a los monosílabos tónicos como  que ninguna culpa tienen de carecer de un “doble” átono que los avale. En efecto: si cuando “ahora te toca a tí” te dice tu vecino, le oyes tú el acento que en su decir está marcando ese , ¿por qué, para representar gráficamente ese acento que todos oímos, habríamos de esperar a que hubiera otro ti, un ti átono, que nos obligara a distinguirlos? Con bastante distinción lo oímos ya. Así empezamos a entrever el por qué de tantas excepciones avaladas por la RAE: que, como lo común es accesible a todo el mundo (“ponles acento a las sílabas tónicas y no se lo pongas a las átonas”: qué fácil de entender y difícil de olvidar, ¿verdad?), la Academia institución, celosa de sus privilegios, tiene que fomentar la excepción, no sea cosa que toda la ortografía vaya a poder reducirse a dos o tres reglas que un niño pequeño en un par de días aprende y se le evapore a ella el seguir mangoneando en la escritura de la gente, y lo que es la otra cara de ello: seguir teniéndonos a todos siempre en duda (son tantas las excepciones que es imposible ya recordar si, por ejemplo, había que escribir incluír, con acento que deshaga el diptongo, como oímos todos, o ha salido aquí la RAE con otra excepción y hemos de hacer como si oyéramos un bisílabo, incluir). Seguir teniéndonos a todos ocupados en consultar manuales poblados de ocurrencias cuanto más arbitrarias mejor –idioteces o, como decía el otro, idiocias–, sin atrevernos a escribir sencillamente lo que con nuestros propios oídos estamos oyendo: algo común, de la gente, sin más amo que la comunidad inconsciente de todos los hablantes.

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Ocurrencia sobre el prestigio católico de la virginidad

Tal vez, si la Iglesia Católica tanto prestigio otorga a la virginidad y la continencia sexual, es porque considera la vida humana sobre la tierra con la vista siempre puesta en la otra vida, la Vida con mayúscula o verdadera vida, que, aun siendo también (por la resurrección de la carne) corpórea, al ser vida liberada para siempre de la muerte y con ello de la necesidad de ir siempre sustituyendo todo lo que bajo ella va cayendo, ya no estaría, por ello, obligada a reproducirse. Pues, por más que la humanización todo lo pueda liberar de la naturaleza, parece que, en la naturaleza al menos, sólo hay sexualidad porque hay reproducción.

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Esbozo sobre Iglesia Católica y lenguaje

(Advertencia inicial: Se trata del esbozo de un primer texto de la sección "Y lo que me encontré fuera", sección por ahora en proyecto.)

Rezo el “Señor Mío Jesucristo” o acto de contrición y, al llegar a “propongo firmemente” (recuerdo aquí su contexto: “Ayudado de vuestra divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta”), se me hace evidente que así no puede ser: “No, no”, me digo, “propongo no (¿a quién lo habría de proponer, sino a mí mismo?), ha de ser me propongo”, y me corrijo: “me propongo firmemente nunca más pecar…”. Pero lo que yo tenía aprendido de mi infancia era “propongo”: ¿Cómo es eso? Se me ocurre entonces hacer una prueba gugleando: escribo “propongo firmemente” y de los 193.000 resultados que obtengo los diez primeros que me salen son todos ellos versiones del “Señor Mío Jesucristo” en ninguno de los cuales encuentro ese “me” que a mi competencia de hablante parece imprescindible; escribo, en lugar de eso, “me propongo firmemente” y, de los diez primeros resultados de 12.900 que en total me salen, ocho son diversas ocurrencias de tres frases profanas, por supuesto ajenas a aquella oración, y las otras dos son versiones, por supuesto católicas, del “Señor Mío Jesucristo”. La interpretación parece fácil: nadie va por ahí diciendo (es de suponer que como sinónimo de algo así como “decido terminantemente”) “propongo firmemente” más que la Iglesia Católica en esa oración, aunque el carácter, digamos, agramatical de esa costumbre da lugar a que entretanto se hayan abierto paso aquí y allá excepciones a la versión, digamos, canónica. La pregunta es: ¿cómo es posible que una frase tan patentemente agramatical que, pese a su indudable éxito en el medio eclesiástico, en cuanto quiere asomar fuera de él, inmediatamente se ve corregida con el añadido de un “me”, se mantenga por así decir hibernada en ese medio, como con vocación de mantenerse idéntica a sí misma a perpetuidad?1 En lo que respecta al lenguaje, a las palabras y fórmulas que en ella se utilizan, ¿es la Iglesia Católica una cápsula hibernada, un recinto por el que no corre el aire?

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Dedicatoria en un ejemplar de Aún no

Para A. G., quien, en un retiro de Emaús, un día que yo, tan preocupado y deprimido que ya sólo creía en Dios a la manera intelectual, él, con sólo sentarse a mi lado, darme un toque cariñoso y llamarme por mi nombre, haciendo así que me sintiera querido, logró hacerme sentir que era Dios el que me quería. Por hacer para mí de Jesús de Nazaret, para él este librito, cuya sola relación con nuestra ilusión y esperanza es mostrar, en la nota 12, que hay margen para ella.                                                                                                                  Madrid, 9·12·21,                                                                                                               Miguelizano

Dos escepticismos

(Dos notas: 1. Esta entrada es en realidad el esbozo de algo cuya plasmación más acabada aparece en la página titulada Sobre creer o no creer que todo acaba con la muerte, dentro de la sección Saliendo del armario. 2. Me he permitido diferir de la RAE en acentuar gráficamente palabras como "excluír", dado que, pese a la RAE, prosódicamente se acentúan como esa grafía indica.)

Entre creer que todo acaba con la muerte o no creerlo es la decisión tan importante –abarca, en efecto, la vida total, el todo de la vida–, que respecto a ella será prudente excluír con el mayor cuidado toda posible ocasión de engaño y aferrarse al más exigente de los escepticismos, en el más noble sentido de la palabra, un escepticismo del tipo del practicado por Hume o el Descartes de las meditaciones en las que descubre la indudabilidad de que pienso: Será preciso excluír toda sombra de duda por loca o peregrina que parezca.

Reparemos ahora en cierta evidencia formulable de dos maneras que, sonando de entrada casi enfrentadas, son si bien se mira equivalentes: Ninguna seguridad tenemos de que en el futuro las cosas vayan a seguir siendo como en el pasado; de algo sólo puede conocerse el fin cuando ya ha acabado, no cuando aún estamos en ello: Dos maneras distintas de decir que, en rigor, del futuro nada sabemos, que de él nada podemos excluír. Tomemos esa evidencia en serio y aferrémonos a ella.

Dado que del futuro nada podemos excluír, supongamos ahora que la creencia, hoy día tan popular, según la cual para nosotros no hay nada después de la muerte se nos revelara un día falsa, apuesta perdedora; es decir, supongamos que cuando morimos nos llevamos la sorpresa de que, habiendo, ciertamente, en la muerte perdido el cuerpo y, con él, toda conexión con el mundo, seguimos sin embargo teniendo conciencia (recordando, pensando, sintiendo alegría, tristeza, esperanza, temor, satisfacción, deseo…).

[A esta manera de razonar podría objetarse que es falaz y tonta, pues, con la misma justificación, de nuestro principio de que del futuro nada podemos excluír, podríamos sacar la conclusión de que posiblemente cualquiera de nosotros es inmortal “en alma y cuerpo”, lo cual, lejos de ser una posibilidad, todos vemos imposible.

A esa objeción hay que replicar lo siguiente: La posibilidad de que uno de nosotros sea inmortal “en alma y cuerpo” podría, en efecto, deducirse de nuestro principio escéptico de ignorancia del futuro, pero ello no basta para admitirla como real, pues, como en ella se trata de inmortalidad no sólo “en alma”, sino también “en cuerpo”, y el cuerpo cae dentro del campo de la experiencia, para admitirla como real no basta que pueda deducirse de nuestro principio escéptico, sino que le es también exigible la condición de estar de acuerdo con la experiencia, lo cual esa “posibilidad” palmariamente incumple, pues, para que fuera ella real (y por primera vez en los cientos de miles de años que hay hombres, que hay hablantes, sobre la tierra pudiera uno de ellos quedar liberado de la rueda de la vida y la muerte, de que todo lo que nace ha de morir) nada menos que habría de romperse el orden de la naturaleza: la presunta posibilidad está en conflicto con la experiencia.

Tal vez ahora vemos más claramente la importancia de atenernos estrictamente al principio escéptico de la ignorancia del futuro cuando de lo que se trata es de creer que todo acaba con la muerte o no creerlo: ahí ya no tenemos experiencia con la que entrar en conflicto, porque la propia cuestión, por decirlo kantianamente, trasciende la experiencia, es trascendente: se refiere a cosas fuera de la experiencia posible (al menos antes de la muerte). Por eso, el principio escéptico según el cual del futuro nada sabemos y de él nada podemos excluír es aquí lo único que vale, y vale sin restricciones. (Volvamos ahora a leer el párrafo que precede a los tres que van entre corchetes, el que comienza diciendo “Dado que del futuro…”, y a continuación pasemos al siguiente.)]

Y supongamos también que nos asalta entonces, con la mayor impresión de verdad o realidad posible, el presentimiento de que vamos a seguir así siempre: que cada uno de nosotros es, mejor dicho, que yo soy en el fondo una conciencia inmortal –pues ¿no habría ya dejado la muerte en el pasado?– privada de cuerpo y desprovista de mundo y, con él, de semejantes con los que alternar. ¿Con qué actitud acogeríamos, acogería yo, esa idea? La perspectiva que, en el mejor de los casos, tendría por delante sería verosímilmente la de un aburrimiento capaz de aniquilar al más bromista y animoso. Pues es verdad que la propia conciencia, el pensamiento, no es en realidad más que una especie de diálogo, un hablar en silencio yo conmigo mismo, pero no parece que ese diálogo sea capaz de calmar la necesidad de intercambio, comunicación, reconocimiento…; al revés: parece que en el fondo sólo un hablante, sólo un ser dotado de razón o por decirlo a lo pedante de λόγος (lógos), sólo un ser que por el pensamiento “dialoga en silencio consigo mismo”, es capaz de sentir soledad, y que todo hablante es capaz de sentirla.

Pensemos ahora si no habría alguna manera de que esa condición, ser conciencia sin mundo ni semejantes, y serlo para siempre, sin fin, pudiera hacérseme soportable y no me apareciera casi como una condena. Y, ciertamente, podría hacérseme soportable si pudiera yo encontrar algo a ella proporcionado: algo en lo que yo, como conciencia sin fin, pudiera encontrar siempre satisfacción, alegría, bien: un sumo Bien sin fin también él, un sumo Bien inagotable. Y ese Bien inagotable, única cosa que podría hacerme tolerable mi nueva condición ¿cómo debería ser? Dado que somos seres sociales, dado que hablamos, parece que, sin mundo ni semejantes, sólo podría yo soportarme a mismo si de alguna manera, en esa nueva condición, pudiera entrar en contacto con algo que ello mismo fuera, de misteriosa manera, lenguaje, λόγος, tal vez el Λόγος (Lógos) mismo, con mayúscula, y que, si no fuera, pues, mi semejante (pues ya hemos dicho que, sin mundo, no tendría yo semejantes), por lo menos pudiera yo mismo, como hablante, ser de algún modo semejante a Ello (¿Ella, Él?). Parece que de esa manera una duración sin fin sí se me haría soportable. Incluso apetecible. A ese hipotético sumo Βien inagotable, a ese misterioso Λόγος podemos seguramente llamarlo Dios.

Hemos empezado proponiéndonos atenernos al más exigente de los escepticismos, y por ese camino hemos tenido que admitir la posibilidad (la pensabilidad) de que para nosotros, después de la muerte, hubiera tal vez conciencia. Una conciencia que, habiendo ya pasado el trance de la muerte, no pudiera ya acabar nunca, sólo que, en ausencia de mundo y de semejantes con los que alternar, esa conciencia para siempre se nos aparecía como un mortal aburrimiento, tal vez una condena, a menos que pudiera ella consistir en alcanzar un Βien supremo e inagotable. Ahora bien: hoy día son muchos los que, ante esa hipótesis, se mueren de risa diciendo que, lo que es ellos, son al respecto extremadamente escépticos, y ese escepticismo risueño, satisfecho de sí mismo, es muy distinto del primero. Hemos hablado de una apuesta, y esa apuesta está en el aire. Pero, un poco como Sócrates al final de la platónica “Apología”, en este intervalo que aún queda puede ser útil considerar todavía cuáles son las opciones. Si seguimos muriéndonos de risa por considerar ridículo que pudiera tal vez haber en la muerte un sumo Bien, si la idea de un sumo Bien es para nosotros hasta tal punto ñoña y ridícula, si frente a ella seguimos apostando por que en la muerte no haya nada, conviene no desdeñar la posibilidad de que esa otra idea, la de la nada, a fuerza de hacernos a ella, a fuerza de apostar continuamente por ella, vaya ganando algún poder sobre nosotros, aunque sólo sea el de ir penetrando poco a poco en nuestra manera de ser, el de ir haciéndonos cada vez más afines a ella, más “de la nada”. Con lo cual, es comprensible que, caso de que al llegar la muerte se presentara (¿quién sabe?) esa infinita duración de conciencia sin mundo, tal vez entonces daría igual que hubiera un sumo Bien que me pudiera sacar de la eterna soledad, porque, de tanto hacerme yo a la nada, tal vez hubiera perdido todo sentido para experimentarlo y percibirlo: lo más fácil es que ya no pudiera yo alcanzar, más allá de mi propia conciencia, nada, y me quedara ya para siempre a solas con mi pensamiento, pensando y pensando y pensando en vacío, siempre en vacío…

En cierto episodio o capítulo de una antigua serie inglesa de televisión, se representaba un asilo de ancianos que ocupaba un caserón rodeado de prados. Y un día a algunos de los ancianos se les ocurría la idea de salir a jugar como cuando eran niños. La inocencia de esa idea tenía de pronto el encanto de una travesura y, dicho y hecho, se decidían a salir a los prados a jugar aquel mismo día. Pero uno de ellos se negaba en redondo: aquello eran bobadas, ridiculeces y niñerías, ¡a él no iban a tomarle el pelo con historias! No pudiendo los demás convencerlo, salían ellos a jugar como si fueran niños. Y el anciano que no se dejaba tomar el pelo miraba por la ventana para verlos: al otro lado de ella –así acababa la historia–, sobre los prados, los que jugaban eran ahora niños, y él se había quedado allí, viejo, solo…

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