Dos escepticismos

(Nota previa: Me he permitido diferir de la RAE en acentuar gráficamente palabras como "excluír", dado que, pese a la RAE, prosódicamente se acentúan como esa grafía indica.)

Entre creer que todo acaba con la muerte o no creerlo es la decisión tan importante –abarca, en efecto, la vida total, el todo de la vida–, que respecto a ella será prudente excluír con el mayor cuidado toda posible ocasión de engaño y aferrarse al más exigente de los escepticismos, en el más noble sentido de la palabra, un escepticismo del tipo del practicado por Hume o el Descartes de las meditaciones en las que descubre la indudabilidad de que pienso: Será preciso excluír toda sombra de duda por loca o peregrina que parezca.

Reparemos ahora en cierta evidencia formulable de dos maneras que, sonando de entrada casi enfrentadas, son si bien se mira equivalentes: Ninguna seguridad tenemos de que en el futuro las cosas vayan a seguir siendo como en el pasado; de algo sólo puede conocerse el fin cuando ya ha acabado, no cuando aún estamos en ello: Dos maneras distintas de decir que, en rigor, del futuro nada sabemos, que de él nada podemos excluír. Tomemos esa evidencia en serio y aferrémonos a ella.

Dado que del futuro nada podemos excluír, supongamos ahora que la creencia, hoy día tan popular, según la cual para nosotros no hay nada después de la muerte se nos revelara un día falsa, apuesta perdedora; es decir, supongamos que cuando morimos nos llevamos la sorpresa de que, habiendo, ciertamente, en la muerte perdido el cuerpo y, con él, toda conexión con el mundo, seguimos sin embargo teniendo conciencia (recordando, pensando, sintiendo alegría, tristeza, esperanza, temor, satisfacción, deseo…).

[A esta manera de razonar podría objetarse que es falaz y tonta, pues, con la misma justificación, de nuestro principio de que del futuro nada podemos excluír, podríamos sacar la conclusión de que posiblemente cualquiera de nosotros es inmortal “en alma y cuerpo”, lo cual, lejos de ser una posibilidad, todos vemos imposible.

A esa objeción hay que replicar lo siguiente: La posibilidad de que uno de nosotros sea inmortal “en alma y cuerpo” podría, en efecto, deducirse de nuestro principio escéptico de ignorancia del futuro, pero ello no basta para admitirla como real, pues, como en ella se trata de inmortalidad no sólo “en alma”, sino también “en cuerpo”, y el cuerpo cae dentro del campo de la experiencia, para admitirla como real no basta que pueda deducirse de nuestro principio escéptico, sino que le es también exigible la condición de estar de acuerdo con la experiencia, lo cual esa “posibilidad” palmariamente incumple, pues, para que fuera ella real (y por primera vez en los cientos de miles de años que hay hombres, que hay hablantes, sobre la tierra pudiera uno de ellos quedar liberado de la rueda de la vida y la muerte, de que todo lo que nace ha de morir) nada menos que habría de romperse el orden de la naturaleza: la presunta posibilidad está en conflicto con la experiencia.

Tal vez ahora vemos más claramente la importancia de atenernos estrictamente al principio escéptico de la ignorancia del futuro cuando de lo que se trata es de creer que todo acaba con la muerte o no creerlo: ahí ya no tenemos experiencia con la que entrar en conflicto, porque la propia cuestión, por decirlo kantianamente, trasciende la experiencia, es trascendente: se refiere a cosas fuera de la experiencia posible (al menos antes de la muerte). Por eso, el principio escéptico según el cual del futuro nada sabemos y de él nada podemos excluír es aquí lo único que vale, y vale sin restricciones. (Volvamos ahora a leer el párrafo que precede a los tres que van entre corchetes, el que comienza diciendo “Dado que del futuro…”, y a continuación pasemos al siguiente.)]

Y supongamos también que nos asalta entonces, con la mayor impresión de verdad o realidad posible, el presentimiento de que vamos a seguir así siempre: que cada uno de nosotros es, mejor dicho, que yo soy en el fondo una conciencia inmortal –pues ¿no habría ya dejado la muerte en el pasado?– privada de cuerpo y desprovista de mundo y, con él, de semejantes con los que alternar. ¿Con qué actitud acogeríamos, acogería yo, esa idea? La perspectiva que, en el mejor de los casos, tendría por delante sería verosímilmente la de un aburrimiento capaz de aniquilar al más bromista y animoso. Pues es verdad que la propia conciencia, el pensamiento, no es en realidad más que una especie de diálogo, un hablar en silencio yo conmigo mismo, pero no parece que ese diálogo sea capaz de calmar la necesidad de intercambio, comunicación, reconocimiento…; al revés: parece que en el fondo sólo un hablante, sólo un ser dotado de razón o por decirlo a lo pedante de λόγος (lógos), sólo un ser que por el pensamiento “dialoga en silencio consigo mismo”, es capaz de sentir soledad, y que todo hablante es capaz de sentirla.

Pensemos ahora si no habría alguna manera de que esa condición, ser conciencia sin mundo ni semejantes, y serlo para siempre, sin fin, pudiera hacérseme soportable y no me apareciera casi como una condena. Y, ciertamente, podría hacérseme soportable si pudiera yo encontrar algo a ella proporcionado: algo en lo que yo, como conciencia sin fin, pudiera encontrar siempre satisfacción, alegría, bien: un sumo Bien sin fin también él, un sumo Bien inagotable. Y ese Bien inagotable, única cosa que podría hacerme tolerable mi nueva condición ¿cómo debería ser? Dado que somos seres sociales, dado que hablamos, parece que, sin mundo ni semejantes, sólo podría yo soportarme a mismo si de alguna manera, en esa nueva condición, pudiera entrar en contacto con algo que ello mismo fuera, de misteriosa manera, lenguaje, λόγος, tal vez el Λόγος (Lógos) mismo, con mayúscula, y que, si no fuera, pues, mi semejante (pues ya hemos dicho que, sin mundo, no tendría yo semejantes), por lo menos pudiera yo mismo, como hablante, ser de algún modo semejante a Ello (¿Ella, Él?). Parece que de esa manera una duración sin fin sí se me haría soportable. Incluso apetecible. A ese hipotético sumo Βien inagotable, a ese misterioso Λόγος podemos seguramente llamarlo Dios.

Hemos empezado proponiéndonos atenernos al más exigente de los escepticismos, y por ese camino hemos tenido que admitir la posibilidad (la pensabilidad) de que para nosotros, después de la muerte, hubiera tal vez conciencia. Una conciencia que, habiendo ya pasado el trance de la muerte, no pudiera ya acabar nunca, sólo que, en ausencia de mundo y de semejantes con los que alternar, esa conciencia para siempre se nos aparecía como un mortal aburrimiento, tal vez una condena, a menos que pudiera ella consistir en alcanzar un Βien supremo e inagotable. Ahora bien: hoy día son muchos los que, ante esa hipótesis, se mueren de risa diciendo que, lo que es ellos, son al respecto extremadamente escépticos, y ese escepticismo risueño, satisfecho de sí mismo, es muy distinto del primero. Hemos hablado de una apuesta, y esa apuesta está en el aire. Pero, un poco como Sócrates al final de la platónica “Apología”, en este intervalo que aún queda puede ser útil considerar todavía cuáles son las opciones. Si seguimos muriéndonos de risa por considerar ridículo que pudiera tal vez haber en la muerte un sumo Bien, si la idea de un sumo Bien es para nosotros hasta tal punto ñoña y ridícula, si frente a ella seguimos apostando por que en la muerte no haya nada, conviene no desdeñar la posibilidad de que esa otra idea, la de la nada, a fuerza de hacernos a ella, a fuerza de apostar continuamente por ella, vaya ganando algún poder sobre nosotros, aunque sólo sea el de ir penetrando poco a poco en nuestra manera de ser, el de ir haciéndonos cada vez más afines a ella, más “de la nada”. Con lo cual, es comprensible que, caso de que al llegar la muerte se presentara (¿quién sabe?) esa infinita duración de conciencia sin mundo, tal vez entonces daría igual que hubiera un sumo Bien que me pudiera sacar de la eterna soledad, porque, de tanto hacerme yo a la nada, tal vez hubiera perdido todo sentido para experimentarlo y percibirlo: lo más fácil es que ya no pudiera yo alcanzar, más allá de mi propia conciencia, nada, y me quedara ya para siempre a solas con mi pensamiento, pensando y pensando y pensando en vacío, siempre en vacío…

En cierto episodio o capítulo de una antigua serie inglesa de televisión, se representaba un asilo de ancianos que ocupaba un caserón rodeado de prados. Y un día a algunos de los ancianos se les ocurría la idea de salir a jugar como cuando eran niños. La inocencia de esa idea tenía de pronto el encanto de una travesura y, dicho y hecho, se decidían a salir a los prados a jugar aquel mismo día. Pero uno de ellos se negaba en redondo: aquello eran bobadas, ridiculeces y niñerías, ¡a él no iban a tomarle el pelo con historias! No pudiendo los demás convencerlo, salían ellos a jugar como si fueran niños. Y el anciano que no se dejaba tomar el pelo miraba por la ventana para verlos: al otro lado de ella –así acababa la historia–, sobre los prados, los que jugaban eran ahora niños, y él se había quedado allí, viejo, solo…

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Ejercicios de tecleo, 1: Un cuento de osos

Nulla dies sine linea

Quizá sea lo mejor empezar a escribir sin pretensión alguna. Para que la inspiración te encuentre trabajando, lo cual requiere, claro está, empezar a escribir sin inspiración y, por lo tanto, también sin pretensiones. Ha de valer, pues, cualquier cosa, cualquier pretexto: sólo así, si hay suerte, servirá el ejercicio para algo.

Así, anoche, cuando, ya en la cama, recordé la historia de aquel cuento de tapa dura (amarilla, creo recordar) que leí yo de pequeño, cuyo protagonista era un osito (es decir, un oso, pero era también claro que, de algún modo, aquel oso era un niño). Se llamaba Bongo, y éste era el título del cuento (llamo “cuento” a un libro para niños, de letra gorda y con ilustraciones). Bongo era un oso que trabajaba en un circo ambulante, o más que trabajar estaba prisionero… Pero  casi no recuerdo nada de aquel cuento, más que un par de cosas. Me vino a la mente anoche, cuando la chica con la que dormía dijo que me quería.

El cuento presentaba a Bongo prisionero en un vagón de tren: el tren del circo, como si el circo ambulante se hubiera trasformado en tren. En uno de los vagones, tal vez en el furgón de cola. Allí estaba Bongo, sin saber, creo, que dentro sentía una vaga añoranza. Y debía de ser esa vaga añoranza la que el cuento, por así decir, presentaba poéticamente, como una voz que desde fuera le llegaba. ¡Ah, ya sé! Sería el pitido del tren: sería el pitido el sonido que Bongo en su furgón de cola oía como si le dijera: “¡Booongooooooooooooooo! ¡Booongooooooooooooo! ¡Booongooooooooooooo!” Y ¿queréis creer que al escribir estas palabras, esta especie de voz (voz de la añoranza o del destino) que repetía el nombre del protagonista, que lo llamaba, se me saltaban las lágrimas? ¡Qué vergüenza! Pero también es natural, porque, si aquella añoranza de Bongo no hubiera conectado con otra añoranza del niño que leía el cuento, ¿por qué, después de tantos años, cuando el niño ya hasta había dejado de ser niño, iba aún a recordarlo? (Y ahora recuerdo haber leído no sé dónde que el llanto se producía no sólo cuando algo muy querido nos era arrebatado, sino también cuando algo que habíamos querido mucho pero ya habíamos dado por perdido nos era, al contrario, inesperadamente regalado.)

Así que estaba Bongo en su furgón de cola escuchando aquellas voces que el pitido del tren le dirigía, escuchándolas, como hechizado casi por ellas, como si le estuvieran empujando a algo que no acababa de entender, pero que, puesto que ellas mismas, las voces, venían de fuera, traídas por el aire, sin duda algo tendrían que ver con el propio fuera, cuando algo sucedió.

Cuando más absorto estaba Bongo en la escucha del pitido que le llamaba, y le llamaba sin duda afuera, pasó algo que en concreto ya no recuerdo (¿tal vez que el tren sufrió un accidente y descarriló?), pero que, en cualquier caso, tuvo como consecuencia que Bongo se vio liberado de su prisión. Y de nuevo se abre un hueco en mi recuerdo, o en mi memoria, y no puedo recordar cómo era exactamente como Bongo se veía libre de sus carceleros (huiría, claro está), y sobre todo cómo venía en conocimiento de otros osos que al parecer poblaban aquellas regiones, y entre ellos, sobre todo, venía a trabar conocimiento con una osita que mi imaginación de lector niño debía de ver como especialmente simpática y juguetona, pues así la recuerdo ahora. Así que allí estaba Bongo delante de su nueva amiga –y me lo imagino con unos ojos muy abiertos, como muy inocentes, pobrecico mío–, cuando, ni corta ni perezosa, va ella y, todo lo simpática y juguetonamente que queráis, pero con toda la fuerza de la que una osa es capaz en la flor de la juventud, de una bofetada le cruza la cara que le hace mirar para otro lado. Nueva laguna en mi memoria, por lo menos en lo que respecta a los detalles, porque sí me consta que Bongo vivió esa bofetada como un monumental desengaño, que en aquella época desconocía yo la palabra “trauma”. Se fue, pues, Bongo de allí, con el rabo entre las piernas y el ánimo por los suelos. Desolación, tristeza, vacío, desierto, soledad. Así fue en adelante el vagar de Bongo por aquel fuera que al principio tan prometedor había parecido. Otro hueco en mi memoria, hueco de detalles que deberían explicar cómo fue que un día… Pero eso requerirá tal vez un nuevo párrafo.

Un día debió Bongo de venir a intimar con algún grupo de osos, y debió de ser allí, en ese grupo, donde aprendió que entre los osos la manera de demostrar cariño o afecto era repartirse bofetadas. Y aquí, como diría Ferlosio, telón rápido, pues ya todo lo demás –la alegría, el reencuentro, los saltitos, quién sabe si la boda osuna u osil– vendría dado seguramente de manera un tanto convencional y ya sabida, como exigido que sería por, justamente, las convenciones del cuento, es decir, del libro para niños, para niños de cuando los niños estaban aún libres de ese triste enjambre de pedagogos e ideólogos que hoy día cree tenerlos ya sabidos.

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Corintios II, 7.8-10

… 8 ὅτι εἰ καὶ ἐλύπησα ὑμᾶς ἐν τῇ ἐπιστολῇ, οὐ μεταμέλομαι· εἰ καὶ μετεμελόμην, βλέπω [γὰρ] ὅτι ἡ ἐπιστολὴ ἐκείνῃ εἰ καὶ πρὸς ὥραν ἐλύπησεν ὑμᾶς, 9 νῦν χαίρω, οὐχ ὅτι ἐλυπήθητε, ἀλλ’ ὅτι ἐλυπήθητε εἰς μετάνοιαν· ἐλυπήθητε γὰρ κατὰ θεόν, ἱνα ἐν μηδενὶ ζημιωθῆτε ἐξ ἡμῶν. 10 ἡ γὰρ κατὰ θεὸν λύπη μετάνοιαν εἰς σωτηρίαν ἀμεταμέλητον ἐργάζεται· ἡ δὲ τοῦ κόσμου λύπη θάνατον κατεργάζεται.

8 «Porque, si os entristecí con mi carta, no me pesa; y si me pesó ([pues] veo que aquella carta, aun si por poco tiempo, os entristeció) 9 ahora me alegro, no porque os hubierais entristecido, sino porque os entristecisteis para cambiar de vida; pues os entristecisteis según Dios {como Dios quiere}, de modo que ningún perjuicio sufristeis por nosotros. 10 Pues la tristeza según Dios obra cambio de vida {arrepentimiento, conversión}, mientras que la tristeza según el mundo produce muerte.»

(Entre paréntesis como éstos {}, traducciones alternativas.)

Mi experiencia de un retiro de Emaús

A aquel retiro de un fin de semana había ido yo buscando un empujón para salir del armario. Y es que, aunque nunca había participado de la habitual creencia en que ya sabemos que después de la muerte no hay nada (que siempre me pareció por dos razones contradictoria, pues para saber tal cosa deberíamos, primero, volver a la vida tras haber estado allí de donde nunca se vuelve, y allí, segundo, haber tenido la experiencia de que no teníamos experiencia alguna), ni, en consecuencia, me había sentido ateo (¿quién te dice que en lo que llamamos muerte no te encontrarás con Dios?), la verdad es que, por adaptación al medio, sí me había fingido ateo muchas veces: necesitaba, pues, “salir del armario”. Y en ese aspecto el retiro fue, creo, un éxito. Aparte de otras cosas que serían largas de explicar (entre ellas muchos regalos, tocables y no tocables), consistió el retiro en una sucesión de testimonios en primera persona a cargo de señores que eran cada uno de su padre y de su madre, a los que la verdad es que no encontré mucha gracia, al menos al principio. Sea como fuere, el primer día me acosté un poco decepcionado. Al día siguiente me fui dando cuenta de que tal vez no tendrían gracia, pero algo en ellos me daba envidia: los abrazos que se repartían (y estoy harto de ver programas de televisión en los que la gente se da enormes abrazos sin que en ello encuentre yo nada que envidiar: era como si en aquéllos hubiera otra cosa, difícil de definir, que los hacía atractivos). Y los regalos continuaban. Por otra parte, sin tener los testimonios nada de sentimentales, a veces oyéndolos se me saltaban las lágrimas. Me acordaba de mi mujer, y se me hacía sensible cuánto la quería. Me di cuenta de que los hombres sí lloraban. Me pareció entender, también, por qué decía Jesús que sólo podrían entrar en el Reino de los Cielos los que se hicieran como niños. En algún momento me sentí feliz. En varios. Llegó el domingo, y en el desayuno advertí una cosa: Éramos felices (el plural era importante). Y se me ocurrió que bastaría saber que en el Paraíso no lo íbamos a ser menos, para que valiera la pena darlo todo por llegar a él. Y ni saberlo hacía falta: bastaría tener por ello la ilusión de un niño la noche de Reyes… Esa ocurrencia era tal vez el empujón que andaba yo buscando.

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Pero, en serio, ¿no hay un tabú sobre Juan Carlos I?

No sé, pero me parece evidente que para encontrar sospechosa la conducta del entonces Rey y por lo tanto Jefe del Estado durante el golpe de estado del 23 de febrero de 1981 no hace falta ser Rufián, ni ser de ERC, ni separatista ni antiespañol. Basta con ir a la web de Iñaki Anasagasti y leer los recuerdos de Sabino Fernández Campo:

https://ianasagasti.blogs.com/mi_blog/2013/02/recuerdos-de-sabino-fern%C3%A1ndez-campo-lo-que-pas%C3%B3-de-verdad-el-23-f.html

Por tres veces aparecen allí en boca del entonces Rey, y al referirse a la conducta de los golpistas en el Congreso de los Diputados, palabras como “Eso no estaba previsto”. Son palabras que sólo pueden  interpretarse en el sentido de que él era el que estaba detrás del golpe. Y cuando por fin Sabino Fernández Campo le llama la atención sobre ellas (para recibir la respuesta “Bueno, es un decir”), percibe en el Rey “cierto nerviosismo”, “como si quisiera ocultarme algo”.

A lo referente al 23 de febrero hay que añadir algo que sucedió antes, cuando Juan Carlos aún no era Rey, sino sólo Jefe del Estado “en ejercicio” (creo que ésa era la denominación oficial de su cargo, porque suplía al dictador Franco, que se encontraba enfermo), durante la “Marcha Verde” de Marruecos: ¿Alguna vez se ha disipado la sospecha de que pudiera haber cometido delito de alta traición al dejar a súbditos españoles, indefensos, a merced de una potencia extranjera? No se ha disipado nunca; será quizá que la democracia española no necesita descender a esas zarandajas formalistas.

Pero lo grave es que cuando digo cosas así, por ejemplo en Facebook, nadie se da por aludido, nadie reacciona. Se ha observado tropecientas veces: hay un tabú que protege no sólo al Jefe del Estado en el ejercicio de su cargo, sino a quien alguna vez, en el pasado, fue Jefe del Estado. Las eventuales fechorías que pudiera haber cometido… nos las hemos de tragar todos con patatas. (¡Qué democracia tan modélica!, ¿verdad? Pero, en serio: ¿esta democracia nos considera a los ciudadanos mayores de edad? Y de no ser así no sería democracia, ni los ciudadanos de verdad ciudadanos. ¿Se entiende la sospecha de que quizá desde el 18 de julio de 1936 no hayamos dejado un instante de ser meros súbditos?)

(He comenzado citando a Rufián y a ERC, y se hace por ello necesario observar que el germen de República Catalana que es ya la Generalidad de Cataluña ha demostrado abundantemente que se encuentra mil veces más alejada de ser una democracia que el Estado español, en el que, por lo menos, hasta cierto punto aún rige cierta separación de poderes. En el Estado que actualmente tenemos, el Poder Judicial puede salirle al paso al Ejecutivo: en la República Catalana plenamente independiente tal cosa no podría suceder jamás.  Por eso mucha gente la llama Republiqueta.)

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(De lengua, una minucia.)

Consulto en la red “sobreentender, rae” (así, con dos és seguidas) y leo que, según la Real Academia Española, aunque “sobrentender” también se puede escribir “sobreentender”, “hoy son más frecuentes, y también más recomendables, las grafías simplificadas”.  Eso encuentro, pero… no veo por qué tiene la Real Academia que recomendarnos nada. ¿No puede dejar tranquilos a los hablantes, que son los amos de la lengua? ¿O son menores de edad?

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Tratando de ver claro sobre Cataluña

Pero veamos lo que hemos llamado la impregnación nacionalista de la Generalidad de Cataluña (y se trata de juzgar con arreglo a criterios de progresismo y facherío), eso que, por lo visto, la coalición gobernante tiene intención de adoptar y generalizar en toda España: Comenzó ya en 1980, cuando fue elegido Presidente de la Generalidad Jordi Pujol, pero fue el 28 de octubre de 1990 cuando en El Periódico de Catalunya, páginas 26 y 27, se publicó un “documento de trabajo, atribuido oficialmente a las máximas alturas [de la Generalidad], que incluye un abanico de propuestas para conseguir la nacionalización de Catalunya”: el llamado “programa 2000” (ver en la sección “Cataluña”, apartado “Documentos”). Podemos considerar que en el programa 2000 está ya, hace treinta años, negro sobre blanco, el germen de todo lo que hasta ahora ha hecho el nacionalismo catalán, proceso soberanista incluido (cf. “Catalunya (Països Catalans), nación europea emergente”, y “Catalunya es un pueblo que camina en busca de su soberanía dentro del marco europeo”). Ese programa, que consta de más de 50 objetivos desgranados en más de 130 “actividades fundamentales”, ¿es posible reducirlo a una idea fundamental de la que todo lo demás derive? Lo es: esa idea fundamental es la de que Cataluña tiene una “personalidad colectiva” y un “alma social” que es preciso “potenciar” y “reforzar”. ¿Es esto progresista o facha? Eso de que Cataluña tenga una personalidad no es una inocente frase de folleto turístico: se pretende que es un hecho que debe incluso “potenciarse”, que debe plasmarse en la “personalidad individual” de los catalanes: “Queremos hombres y mujeres de fuertes convicciones y preparados para afrontar una Catalunya potente”: ¡Aquí no queremos escépticos! Pero eso ¿no tiene tufo fascista? ¿Qué será de los que no tengan esas fuertes convicciones, de los que quieran ir por libre, de los atípicos? Si, por otra parte, Cataluña tiene ya un “alma social”, es que la propia sociedad piensa y siente como un individuo, y entonces, ¿puede haber dentro de ella sitio para otros individuos que persigan sus propios fines? ¿Puede haber sitio para las libertades de los ciudadanos? ¿Es esto progresista?

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Por una reforma de la Constitución


Si para algo es necesaria una reforma de la Constitución, es para propiciar conductas tan responsables, tan adultas, tan ejemplares en cuanto a virtud política, como la de la señora Oramas. Urgentemente se necesita una Constitución que declare ilegales todas aquellas medidas que favorezcan esta nauseabunda “democracia” populista o plebiscitaria, esa “democracia” cesarista que tan bien maneja la “izquierda” realmente existente en España. Esa ”izquierda” que con (el doctor) Sánchez se está convirtiendo en sierva de los fascismos periféricos. (Por eso decíamos algunos que en las últimas elecciones si de verdad eras de izquierda habías de votar a la derecha, porque la derecha podía ser de centro-derecha, mientras que la “izquierda” era (leed a Félix Ovejero sobre La deriva reaccionaria de la izquierda) profundamente reaccionaria, directamente fascista o nazi: cf. Bildu, ERC, etc., etc. Y el PSC no anda lejos.)

Pero mientras tanto, buscad en un vídeo la intervención de la señora Ana Oramas en el Congreso de los Diputados el otro día, y admiradla.