Corintios II, 7.8-10

… 8 ὅτι εἰ καὶ ἐλύπησα ὑμᾶς ἐν τῇ ἐπιστολῇ, οὐ μεταμέλομαι· εἰ καὶ μετεμελόμην, βλέπω [γὰρ] ὅτι ἡ ἐπιστολὴ ἐκείνῃ εἰ καὶ πρὸς ὥραν ἐλύπησεν ὑμᾶς, 9 νῦν χαίρω, οὐχ ὅτι ἐλυπήθητε, ἀλλ’ ὅτι ἐλυπήθητε εἰς μετάνοιαν· ἐλυπήθητε γὰρ κατὰ θεόν, ἱνα ἐν μηδενὶ ζημιωθῆτε ἐξ ἡμῶν. 10 ἡ γὰρ κατὰ θεὸν λύπη μετάνοιαν εἰς σωτηρίαν ἀμεταμέλητον ἐργάζεται· ἡ δὲ τοῦ κόσμου λύπη θάνατον κατεργάζεται.

8 «Porque, si os entristecí con mi carta, no me pesa; y si me pesó ([pues] veo que aquella carta, aun si por poco tiempo, os entristeció) 9 ahora me alegro, no porque os hubierais entristecido, sino porque os entristecisteis para cambiar de vida; pues os entristecisteis según Dios {como Dios quiere}, de modo que ningún perjuicio sufristeis por nosotros. 10 Pues la tristeza según Dios obra cambio de vida {arrepentimiento, conversión}, mientras que la tristeza según el mundo produce muerte.»

(Entre paréntesis como éstos {}, traducciones alternativas.)

Dos conceptos de nación

Antiguamente se llamaba la Renfe «Red Nacional de los Ferrocarriles Españoles», y era un nombre ahora sabemos cuán limpio. En el artículo «Exceso de realidad» de Santiago Trancón vuelvo a encontrar ese concepto de «nación»:

Aquí no hay ninguna solución intermedia: o triunfa la democracia y el Estado, y se restablece la unidad de la Nación y la igualdad política real de todos los ciudadanos, o triunfa el separatismo y la disgregación de la Nación y la derrota del Estado democrático.

El único concepto de «nación» que no crea malas abstracciones, abstracciones que sólo lo son a medias, como «catalán», «vasco», incluso «español». «La unidad de la Nación» hace juego con el concepto, perfectamente abstracto y por ello nítido, de «ciudadano»: con la igualdad de todos los ciudadanos. «Nación de naciones» empieza creando malas abstracciones, y enseguida se convierte en corral o gallinero de hinchadas rivales dedicadas a denigrarse mutuamente.

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Del uso de la palabra «asesino»

Tal vez el campo abonado para la pena de muerte esté ya en eso de llamar asesino a quien una vez cometió un asesinato (más exactamente: a quien todo apunta a que lo cometió). Pues, por lo pronto, decir, no meramente que alguien –seguramente– cometió un asesinato, sino que «es» un asesino, ¿no es ya considerarlo incapaz de hacer otra cosa hasta el final de su vida que confirmar en cada uno de sus movimientos el asesinato que un día cometió? De esa manera de hablar debe de proceder la ocurrencia, que hallo en Facebook, de que en vez de detener a Josu Ternera habrían debido pegarle un tiro  y decir que había intentado escaparse.

En realidad, aunque no fuera por la glorificación del tiempo abstracto, hay algo en la propia constitución de la fiesta de Nochevieja que la emparenta con el capitalismo: su carácter «explosivo», como de «pepinazo». Cada Nochevieja no consigue, ciertamente, agotar los recursos naturales de la Tierra, pero al menos deja un «paisaje después de la batalla» que parece resultado de una orgía de devastación.

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Para una etiología de la violencia gratuita

Uno de los productos expuestos en el supermercado se pone de repente a hablarme: “No me tire al suelo” leo en su envoltorio. Esa pretensión de que una cosa, un objeto que puedes comprar, se ponga él mismo a hablarte, es, seguramente, una fenomenal patochada. Pero no es una simple ficción, porque no podemos leer un letrero sin ponerle voz y de alguna manera oírlo hablar, así que en cierto modo sí que la cosa se ha puesto de verdad a hablarme cuando creía estar a solas. Pues bien: ahí, en el hecho de que una cosa me hable, como en toda trasgresión del límite entre personas y cosas, hay una enorme carga de violencia latente. Y por un momento me ha parecido ver que la exposición cotidiana a una violencia de ese tipo es causa suficiente para que alguien, alguien poco dotado para resistir presiones difusas del ambiente, un adolescente o un niño, éntre un buen día armado de un rifle en una escuela de barrio y se lleve por delante a veinte niños y la profesora. ¿De qué otro modo reaccionar ante una violencia tan inasible, tan poco atribuible a un agresor determinado?

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Encuentros inesperados

Descripción de la perdiz, según un diccionario enciclopédico Salvat: “…cuerpo grueso, cuello corto, cabeza pequeña, pico y pies encarnados…”

–¡Pero si es…!

-“…plumaje de color ceniciento rojizo en las partes superiores, más vivo en la cabeza y cuello, blanco con un collar negro en la garganta, azulado con manchas negras en el pecho y rojo amarillento en el abdomen. Es ave que anda más que vuela…”

–¡Pero si es don Quijote!

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Microsociología en el autobús

¿Por qué se me pone cara de asco al darme cuenta de que el conductor de este bus interurbano, cada una de las informaciones que sobre las condiciones del viaje nos da, las acaba con un «¿vale?»? Se puede decir que, sin que pueda yo apenas controlarlo, mi cuerpo reacciona espontáneamente a algún sentido que en ese «¿vale?» cree encontrar. Pues bien, demos beligerancia a esa más o menos espontánea reacción de “el cuerpo” –sea eso lo que sea–, dejémonos ispirar (c.p.) por esa hipótesis: ¿Cuál es ese sentido? ¿Qué hay en ese “¿vale?” que le hace merecer tanta repugnancia? Tal vez la sugerencia, apenas educada, de que cada una de aquellas condiciones, cuya comunicación con esa muletilla se cierra, resulta de acuerdos venidos de arriba, que ciertamente podrán sentirse como estúpidos, arbitrarios o abusivos, pero son, sin embargo, no negociables (“es lo que hay”), de modo que quien intentara discutirlos sería ipso facto considerado un subordinado en trance de insubordinarse y tratado con muy pocos miramientos. Por cierto, se trata de la muletilla preferida de las enfermeras en los hospitales, lo cual es quizá señal de que en ellos funciona un poder que, sustraído a la discusión y al control público, se ejerce tanto más eficazmente.

Puede tener interés trazar el camino que nos lleva de la apariencia perceptible de esos repetidos “¿vale? … ¿vale?” al sentido cuyo descubrimiento hace un momento atribuíamos al cuerpo, a nuestro cuerpo. Y tal vez lo decisivo para ese encaminamiento sea la evidencia de que, siendo “¿vale?” siempre en principio una consulta al interlocutor (“¿da usted por válido lo que le acabo de sugerir?”: ése sería tal vez, desplegado, el significado que en forma comprimida o confusa la frase tendría), el tono con el que en los casos que motivan las presentes consideraciones se profiere (que denota ante todo decisión, más esactamente (c.p.): que la decisión está ya tomada, como demuestran los muchos casos en que la muletilla pretendería someter a consulta hechos sobre los que nada cabe decidir: “el aceite es más ligero que el agua, ¿vale?”) viene a contradecir e invalidar aquello que en principio nos prometía: lo que hay ahí es sólo la ficción, el fingimiento, de una consulta, pues lo que de hecho se está haciendo es más bien reclamar la sumisión del destinatario: “¿me promete usted que va a amoldarse a esto sin rechistar?”. Tal sería el verdadero sentido de esos repetidos “¿vale? … ¿vale? … ¿vale?” que tan del gusto son de las enfermeras de los hospitales. Voluntad, pues, de presentar como abierto a sugerencias y opiniones, horizontal, guay, lo que es cerrado, vertical, y seguramente bastante siniestro.