Tratando de ver claro sobre Cataluña

Pero veamos lo que hemos llamado la impregnación nacionalista de la Generalidad de Cataluña (y se trata de juzgar con arreglo a criterios de progresismo y facherío), eso que, por lo visto, la coalición gobernante tiene intención de adoptar y generalizar en toda España: Comenzó ya en 1980, cuando fue elegido Presidente de la Generalidad Jordi Pujol, pero fue el 28 de octubre de 1990 cuando en El Periódico de Catalunya, páginas 26 y 27, se publicó un “documento de trabajo, atribuido oficialmente a las máximas alturas [de la Generalidad], que incluye un abanico de propuestas para conseguir la nacionalización de Catalunya”: el llamado “programa 2000” (ver en la sección “Cataluña”, apartado “Documentos”). Podemos considerar que en el programa 2000 está ya, hace treinta años, negro sobre blanco, el germen de todo lo que hasta ahora ha hecho el nacionalismo catalán, proceso soberanista incluido (cf. “Catalunya (Països Catalans), nación europea emergente”, y “Catalunya es un pueblo que camina en busca de su soberanía dentro del marco europeo”). Ese programa, que consta de más de 50 objetivos desgranados en más de 130 “actividades fundamentales”, ¿es posible reducirlo a una idea fundamental de la que todo lo demás derive? Lo es: esa idea fundamental es la de que Cataluña tiene una “personalidad colectiva” y un “alma social” que es preciso “potenciar” y “reforzar”. ¿Es esto progresista o facha? Eso de que Cataluña tenga una personalidad no es una inocente frase de folleto turístico: se pretende que es un hecho que debe incluso “potenciarse”, que debe plasmarse en la “personalidad individual” de los catalanes: “Queremos hombres y mujeres de fuertes convicciones y preparados para afrontar una Catalunya potente”: ¡Aquí no queremos escépticos! Pero eso ¿no tiene tufo fascista? ¿Qué será de los que no tengan esas fuertes convicciones, de los que quieran ir por libre, de los atípicos? Si, por otra parte, Cataluña tiene ya un “alma social”, es que la propia sociedad piensa y siente como un individuo, y entonces, ¿puede haber dentro de ella sitio para otros individuos que persigan sus propios fines? ¿Puede haber sitio para las libertades de los ciudadanos? ¿Es esto progresista?

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De la «nación de naciones»

¿Qué pensar de la “nación de naciones” del plagiario doctor Sánchez? Que sería un desastre, porque implica abstracciones no suficientemente abstractas y, de acuerdo con la moderna teoría política, la única política respetable es esencialmente abstracta. Por ejemplo, la libertad de expresión consiste en que puedas expresarte haciendo abstracción de quién seas, haciendo abstracción de cuál sea el contenido de tu comunicación, haciendo abstracción de cuál sea su destinatario, etcétera, etcétera, etcétera: en política lo defendible es siempre abstracto. Por eso, el país será democrático mientras para hacer cada uno lo que le dé en cada caso la gana pueda hacer abstracción de si vive en Barcelona o en Madrid, en Palafrugell o en Sigüenza, en San Sebastián o en Cáceres. Cuando, en cambio, como por cierto sucede ya en Cataluña y no por casualidad hay allí los gordísimos problemas que hay, antes de abrir la boca fuera de casa tiene uno que andarse con cuidado de si lo que va a decir se podrá interpretar como anticatalán, o como españolista, o como “fascista”, de modo que de hecho hay cosas que se pueden decir y cosas que ya no se pueden decir, suceden estas dos cosas juntas: 1) que todo apunta a que ese funcionamiento, el que actualmente se vive ya en Cataluña, es el que una definición de España como “nación de naciones” no haría otra cosa que institucionalizar y extender a todo el territorio nacional, de la Coruña a Melilla y de Portbou a la isla del Hierro, y 2) que ese funcionamiento es totalitario, opresivo, hace a la gente la vida imposible: así se vivía en la Alemania nazi y así se vivía en la Europa del Este tras el telón de acero, y la gente trataba de huir de esos lugares, que es lo que han hecho con Cataluña cada vez más catalanes en los últimos 40 años. En conclusión: si el Estado de las autonomías fue un invento peligroso y una monumental metedura de pata, no es cosa ahora de hacerlo aún más difícil de revertir, no es cosa de blindarlo y petrificarlo convirtiéndolo en Nación de naciones.

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Un tic del nacionalcatalanismo

¿Recordáis a aquel dirigente del sindicato de trabajadores de la enseñanza de Cataluña USTEC que, reaccionando contra la pretensión de que en Cataluña también pudiera ser lengua vehicular el castellano, lengua materna de la mitad por lo menos de los catalanes, desde lo alto de una tribuna proclamaba con todo el pathos y todos los aspavientos posibles, con toda la dignidad de un luchador por la libertad perseguido, rabiosamente, que “això”, eso de dar clase en castellano, “nosaltres no ho farem mai!”? Era de libro: aquel acto de voluntad, de la voluntad de no entender otra cosa que lo que el catecismo nacionalcatalanista prescribe que hay que entender, aquel señalar con el dedo al gato que se tiene delante y jurar y perjurar que se está viendo una liebre. Eso no es un tic del nacionalcatalanismo más: eso es, quizá, el tic del nacionalcatalanismo. Y por eso hace años que cada día se puede encontrar en innumerables declaraciones plasmado, pero hoy lo encuentro en ésta:

«Tot el suport als treballadors i treballadores de @tv3cat i @catalunyaradio, obligats per la JEC a emetre propaganda forçada del PSOE, Cs i PP. Prou atacs a la llibertat d’expressió i informació.»

¿Delirante? Pero no insultemos, no nos limitemos a rechazar. ¿Qué hay ahí? La pretensión de que en los medios de información y centros de enseñanza públicos (tanto medios como centros) de Cataluña quepa algo más que la ideología nacionalcatalanista se percibe como pretensión de prohibir la expresión de la opinión nacionalcatalanista, y por lo tanto como ataque a la libertad de expresión; la pretensión de libertad para lo no nacionalcatalanista se percibe como pretensión de prohibición de lo catalán y por lo tanto como ataque a Cataluña. El tic está lo suficientemente extendido y es lo suficientemente grave para merecer una especie de psicoanálisis social en toda regla.

Por cierto ¿por qué tiene el nacionalcatalanismo que ser en Cataluña ideología única y totalitaria, que uno se encuentra hasta en la sopa? Porque, al estar sustentado sobre una alucinación, su única posibilidad de supervivencia es, como en el cuento del traje nuevo del Emperador, el que el mensaje sea único, el que la alucinación sea colectiva y, a ser posible, universal: que todos, a fuerza de decir una y otra vez que eso de ahí es una liebre y no un gato, al final, apoyados hombro con hombro unos contra otros, sin necesidad de esforzarnos en engañarnos lleguemos a ver con nuestros propios ojos una liebre.

De amistad y comunidades políticas (apostilla a Juan Claudio de Ramón)

Cómo no asumirlo, lo que dice Juan Claudio de Ramón en «Amigos catalanes» (http://theobjective.com/elsubjetivo/amigos-catalanes/?fbclid=IwAR1nGAwl0oNK4ppzjbmbnqSJYYI4zGzos2v_naId0FT21u7AdZckUCPj_5o). Ciertamente, con la salvedad del último párrafo, del que me tengo que distanciar: No es mérito mío hacerlo, pues Felipe Martínez Marzoa nos ha enseñado que la política y el Estado, la modernidad, ni funcionan ni pueden aspirar a funcionar como la antigua pólis. Aristóteles podía decir que la philía, que es algo como «amistad», sí, mantenía a la pólis unida, pero lo que mantiene unido al Estado nunca podrá ser la amistad ni podrá ser nada que quiera preservar alguna comunidad, algún «nosotros» sustantivo. «Comunidad política», dice Juan Claudio de Ramón, pero esas palabras juntas son casi una contradicción, porque la política es el ámbito en el que lo único defendible es la democracia, y la democracia es el respeto por que tú puedas pertenecer a la comunidad que te dé la gana: en principio, cada uno tiene la suya, y, como decía Helmut Schmidt, democracia no es que mande la mayoría, sino que la mayoría sepa sobre qué cosas (por ejemplo, añado yo ahora: sobre las comunidades a las que pertenezca la gente) tiene que guardar silencio. Es el nacionalismo el que habla de comunidades, y así le va: en esos berenjenales conceptuales y sentimentales se mete, y nos mete a los demás (piénsese en todos los catalanes que por el nacionalismo hemos tenido que perder amigos).

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De nacionalcatalanismo y lenguaje

(o Si dices Generalitat, dilo todo en catalán)

Los partidos nacionalistas que gobiernan Cataluña llevan cerca de 40 años utilizando todos los resortes del poder para nacionalizar el país (ved, en la sección Documentos, El Periódico de Catalunya del 28.10.90, página 26), y en ese proceso ha sido clave un juego de prestidigitación conceptual que aprovecha la ambigüedad de la palabra “catalán” (¿“habitante de Cataluña”?, ¿“catalanohablante”?, o, estirando un poco, ¿“nacionalista catalán”?) para convertir la inofensiva tautología “lo catalán es catalán” en la demente recomendación moral “lo catalán debe ser catalán”, esto es, “todo habitante de Cataluña tiene el deber de ser nacionalcatalanista”. Cuando un poder aparentemente democrático se cree legitimado para decir a sus súbditos cómo han de pensar y qué han de ser, es que se ha convertido en totalitario y tiene secuestradas las instituciones de todos. Pero ¿qué hacer contra ese secuestro, cuando el Estado central parece no disponer de otra actitud que la dejación de sus deberes? La lucha será precaria, desigual, desde abajo. Tanto más importante será entonces no regalar armas al secuestrador, contando entre ellas las lingüísticas, sobre todo cuando años de propaganda desde el poder –permanente lavado de cerebro antiespañol en todos los órganos de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales, etcétera– han hecho que muchas palabras que, de tan repetidas, oímos ya como neutrales sean en realidad cómplices del secuestro. Son cosas como la tramposa sustitución de “separatistas” por “independentistas” (hermoso nombre que no quiere saber nada de que la república a la que aspiran pretende imponerse contra los derechos de los demás españoles, como si el único sujeto de soberanía a considerar fueran los catalanes), es el caso de la pérfida sustitución de “antiseparatistas” por “unionistas” (como si la media Cataluña que no quiere ser apisonada por el nacionalcatalanismo y la hispanofobia fuera una quinta columna al servicio de un Estado extranjero invasor), es el caso de la costumbre de escribir Cataluña con ny también en castellano (como si, tratándose de Cataluña, en el fondo, la única lengua como es debido fuera el catalán y media Cataluña estuviera en fuera de juego). Y sobre todo, es el caso del hábito de tomar la palabra Generalitat como intraducible, como si sólo fuera un nombre propio, desdeñando el significado que como nombre común tiene. Generalitat es lo contrario de particularitat, de manera que, como todo nacionalismo es un particularismo, la palabra Generalitat es, en su significado, antinacionalista. En la lucha desigual contra el secuestrador no es cosa, pues, de neutralizar esa palabra: Digámosla en castellano, si en castellano hablamos, para que así el propio nombre de la cosa nos lleve a decir que, secuestrada por una ideología que quiere expulsar a media Cataluña al resto de España, la Generalidad se ha desnaturalizado en una cerrada y xenófoba particularidad. O, al revés, si decimos “la Generalitat”, entonces, para tomar en serio la palabra y oír lo que, al pie de la letra, ella misma quiera decirnos, digámoslo todo en catalán. I així podrem dir, escoltant la paraula mateixa, que l’anomenada Generalitat de Catalunya, de fet, ha deixat de ser-ho: segrestada com està per un nacionalcatalanisme que no li permet servir tots els catalans, sinó tan sols la part d’ells que són separatistes, és ja només particularitat, una trista i ridícula particularitat indigna de portar majúscula.1

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Allò que el nom de la Generalitat ens vol dir

De fet, l’anomenada Generalitat de Catalunya,  segrestada com està per un nacionalisme que no la deixa servir tots els catalans, sinó tan sols la part d’ells que són separatistes, ha deixat de ser Generalitat: és ja només particularitat, una trista, vergonyosa i ridícula particularitat indigna de portar majúscula1.

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