Cómo se da y cómo se podría dar la filosofía en el bachillerato

Todos se felicitan por la reintroducción de la filosofía obligatoria en el bachillerato, pero es que no tienen en cuenta cómo se da. Aún, si se tratara sólo de Filosofía…, pero ¿cómo se enseña la Historia de la Filosofía? La Historia de la Filosofía que, en el bachillerato español, de hecho se explica, se parece a la aritmética de aquel profesor de matemáticas que, después de leer en un manual que para multiplicar una fracción por un entero se multiplica por dicho entero el numerador, daba a sus alumnos la siguiente lección: “Para multiplicar una fracción por un entero, en aritmética lo que se hace es multiplicar el numerador por ese entero. Así, por ejemplo, para multiplicar 3/2 por 4, unos aritméticos que hicieron unos estudios muy profundos (que yo enseño aritmética, pero no soy aritmético yo mismo), descubrieron en sus investigaciones que había que multiplicar 3, que es el numerador, por 4, que es el entero: 3 por 4, 12. Así, en aritmética, al multiplicar tres mitades por cuatro resulta doce. Esto os puede parecer una barbaridad, porque entonces 6 sería igual a 12, pero es que la aritmética es una ciencia pura que no sigue las leyes que rigen en la vida cotidiana, sino otras distintas que establecen los aritméticos en sus libros después de estudios muy profundos. El que estudie la carrera de matemáticas ya verá mejor el por qué, pero ahora aprenderos el ejemplo: 3/2 por 4 dijeron unos matemáticos eminentes que es igual a 12. Que conste que esto sale siempre en Selectividad, ¿eh?”

Por lo que a mí respecta, empecé a dar filosofía en el bachillerato en 1980 y la dí por última vez en 2015, y puedo dar fe de que en todos esos años lo que se esperaba que hiciera un profesor de filosofía era lo dicho en el primer párrafo. Evidentemente, la filosofía es otra cosa, y en una asignatura que no fuera obligatoria sino optativa también podría tener cabida. Recuerdo el día que entré en una clase de Ética con un libro en la mano y pregunté a los alumnos, enseñándoles la portada “¿Cómo se llama este libro? … ¡Entenderéis así que lo tenemos que dar!” Y nos pasábamos las clases jugando a ver si acertaban la palabra que yo sustituía por puntos suspensivos (o pitiditos parecidos a los de los semáforos de Madrid) en la versión que les daba de las proposiciones de la Ética de Spinoza, y jamás se aburrieron. Había una alumna que disfrutaba especialmente con esas clases para la que diseñé un examen especial, porque también a mí me apetecía ponerle un sobresaliente: le hice una pregunta cuya exacta formulación no recuerdo, pero que tenía que ver con que cuando nos enteramos de que le sucede un mal a alguien que nos ha hecho mucho daño nos alegramos, pero también con que en ello hay resentimiento u odio, que son pasiones tristes, con lo cual… ¿qué tenía que pasar, según la Ética de Spinoza, con aquellos antifranquistas que celebraron la muerte de Franco con champán? ¿Qué tenía que pasar…? Recuerdo la sorpresa de la alumna al haber de contestar que aquellos antifranquistas habrían de sentir una alegría triste. La alumna no pudo evitar exclamar: “¡Qué bonito!” Pues bien: decidme cómo podéis lograr algo así con asignaturas obligatorias y exámenes de Selectividad. En Alemania, donde estuve 6 o 7 años, cuando decía que era profesor de filosofía a nadie se le ocurría soltar lo que aquí suelta todo el mundo: “¡Qué rollo!”: por lo general no habían tenido esa asignatura y se imaginaban que debía de ser muy interesante. Pero cuando la habían tenido solían estar encantados: Eran clases optativas, que un año expresamente se ofrecieron porque el profesor, que en Alemania jamás es sólo licenciado en Filosofía (elemental medida contra los que estudian filosofía por no servir para otra cosa), sino siempre como mínimo en otra carrera (Germanística, Historia, Latín, Griego, Matemáticas…), el profesor, pongamos, de Lengua Alemana, aquel año había decidido aprovechar su titulación de Filosofía para hacerse el regalo de dar una clase optativa de introducción a la filosofía. “Éramos pocos alumnos alrededor de una mesa, cinco o seis y el profesor…, leíamos el Discurso del método y tomábamos café…”