La verdad sobre el «lenguaje inclusivo»

Experimento 1

Nos habla Santiago de una situación que comparte con Juana: “Al ejercer de procuradores en Alcalá, somos como alcalaínos”. Pero, tratándose de él, que tanto propugna el lenguaje inclusivo, ¿no deberia haber dicho “Al ejercer de procurador y procuradora en Alcalá, somos como alcalaíno y alcalaína”?

Experimento 2

A mi mujer, que es libra, iba a decirle que los dos somos libra, pero me corrijo y le digo: “¡Los dos y las dos somos libra!”.

Experimento 3

“¿Quieres que salgamos a dar una vuelta por el campo los dos juntos?”, me dice mi mujer. “¡Mira que eres patriarcal!”, le contesto, “¡será los dos juntos y las dos juntas!” (¿O era -me quedo pensando- el uno junto y la una junta?)

Experimento 4

Me dice mi mujer que Rafa y Mari nadan “cada uno por su lado” y de nuevo le tengo que corregir: “¡Será cada uno y cada una por su lado!” (¿o no será más bien cada uno por su lado y cada una por el suyo?).

Experimento 5

A propósito de la crisis separatista en Cataluña, declara un político socialista que hay que evitar “el enfrentamiento entre los catalanes y las catalanas”.

Autodenuncia

Leo, por ejemplo, en El Viejo Topo: “El lector/a no puesto en esta materia, el firmante entre ellos por supuesto, debería …”, etcétera. Muy bien, pero el autor no se da cuenta de que en tan breve tramo no menos de tres cosas –el artículo “el” que le pone a "lector/a", el género del adjetivo “puesto” con el que lo ha determinado, el género del pronombre (indirectamente también referido a "lector/a") “ellos”– echan a perder el trabajo que se ha tomado en escribir lo de “lector/a” y lo ponen en evidencia como un caso más de... hacer la pamema.

La discriminación gratuita

El lenguaje “inclusivo” se parece a lo que contestaba el pastor de aquel chiste de Eugenio a cada pregunta que sobre sus ovejas le hacían: “¿cuáles: las blancas o las negras?”, para, después de esa solicitud de precisión, dar una misma respuesta en los dos casos: Tan poco sentido tiene y tan tonto es (tan arbitrario es) decir “los vecinos y las vecinas” como decir “las ovejas blancas y las ovejas negras” no habiéndolas de más colores. Y lo mismo que “arbitrario” podríamos decir “ocioso”, pero ¿qué ocio es éste? ¿Hay alguna holgura en ese apremio? La falta de motivos, la arbitrariedad, se ha de soportar aquí como imposición. Y que hay aquí soportar, que hay aquí aguante y es esto una carga, es claro desde el momento en que frases como “los vecinos y las vecinas” nunca ocurren cuando se saben los hablantes relativamente a solas, en privado (¿podéis imaginarlas en una conversación entre dos, especialmente si entre ellos hay alguna confianza?). Hasta los más entusiastas defensores de la matraca de los dos géneros la dejan caer sin darse cuenta a la primera oportunidad que encuentran, como quien se afloja un corsé que no le deja respirar.

¿Y si las hay de más colores?

A la razón precedente podría objetarse que, si hubiera ovejas de más colores, sí sería pertinente especificar “las blancas y las negras”, y que precisamente sí hay más sexos que el masculino y el femenino, o puede haberlos. La objeción es pertinente: Para no excluir a nadie, deberemos decir algo así como “he ido a una reunión de vecinos, de vecinas, de individuos vecinales neutros, de individuos vecinales ambiguos, de hermafroditas, de cualesquiera otros individuos vecinales que de sexo aún no identificado por la ciencia pudiera por allí acaso haber...”. O renunciar ya por fin, y qué descanso, a enumerar las opciones de una dimensión que, al fin y al cabo, precisamente estamos diciendo que es irrelevante.

La razón del lenguaje sexistiñoño

Ya hacía mucho que nos venía dando malagana ese modo de hablar obsesionado con los sexos que hará cosa de cuarenta años empezaron a usar los más creyentes de los “progres” (también en esto los primeros en plegarse a los vientos con que sopla lo único que de verdad progresa, que es el capital), pero que (como en efecto sólo sirve al sistema establecido) enseguida vinieron a abrazar hasta los más sumisos políticos del régimen, con televisión y demás medios de distracción de masas por añadidura, hasta convertir la manera corriente de hablar en algo por lo que hay que pedir perdón: Mientras la gente normal va a una asamblea de socios, ¿por qué nos tienen ellos que decir que han participado en una asamblea de socios y socias? Muchos esfuerzos dedicamos a indagar la razón de tan fastidiosa manía, largas noches de insomnio se nos fueron en el empeño, pero hoy, por fin, nos complacemos en anunciar, con cierto íntimo orgullo, que la hemos desentrañado: Dicen eso porque, a diferencia de la gente normal, que si cantan los pájaros oye a los pájaros cantar, o si tiene perro compra comida para perros, o si lo cree necesario pone una trampa a los ratones, ellos compran comida para perros y perras, ponen trampas para ratones y ratonas, oyen cantar a los pájaros y a las pájaras, y aun se atreven a aplicarse, si a pelo viene, crema anti-insectos y anti-insectas.