De los viejos

Obligado como está a renovarse y no parar un momento de hacerse “plus” y más “plus” (a la proliferación de ese cáncer llaman “crecimiento”, que suena sano y natural), el Sistema no tolera verse confrontado con quien tenga un poquito de memoria (de memoria, digamos, social: a mayor velocidad de renovación, menor utilidad de la memoria para la adaptación a lo nuevo, y ya hace mucho que lo que los viejos recuerdan nada tiene que ver con lo de ahora ni les sirve para nada). Por eso a los viejos, que en cierto sentido, como únicos actores que podrían recordar restos de otros mundos aún no del todo asimilados al Capital, son los más valiosos, no les permite tener ni la más triste briznilla de poder, capacidad de hacer cosas e influir en el curso de las cosas. No por casualidad exige por todas partes ordenadores y demás ultracomplicadas máquinas en cuyo manejo sólo los más jóvenes, que las pueden asumir como naturales, son capaces de adquirir soltura –un manejo que, por más que seguramente los científicos aún vayan a tardar mucho en descubrirlo, cualquiera ve que acelera el alzhéimer y el envejecimiento: al Sistema le conviene: que no quede nada más que el ahora, y un ahora cada vez más instantáneo, cada vez más vertiginoso, escopeteao, delirante, carente de sentido–. Y ese desempoderamiento de los viejos se acompaña de cierto paternalismo sobreprotector en el trato que se les dispensa, como si fueran menores de edad. De ahí lo a gusto que en los hospitales se quedan los enfermeros tratando de tú a cuanto viejo se les ponga por delante, de ahí que ni siquiera se les pueda llamar ya “viejos”, como si serlo fuera una vergüenza, y, púdicamente, haya que emplear un eufemismo: “personas mayores”.

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