Del diálogo que a Cataluña le hace falta

(o Cómo reanimar la estatua)

Se pide diálogo de los “independentistas” catalanes con el Estado central. Muy bien: supongamos que hay ese diálogo: ¿dónde queda entonces la independencia de los catalanes que quieren seguir siendo españoles? ¿O es que ellos no tienen el mismo derecho a regir sus destinos que los separatistas? (Pues uno no tiene más o menos derechos por ser blanco o negro, hablar esta lengua o la otra, sentirse catalán o tagalo: los derechos son de las personas en abstracto: en cuanto personas.)

La propaganda separatista no debería por ello distraernos de que, si hay aquí alguna colonización, no es la de Cataluña por España, sino la de media Cataluña (por lo menos) por la casta nacionalcatalanista que desde hace 40 años detenta el poder en esa comunidad autónoma. En esas condiciones, ¿cuál es el diálogo político deseable? ¿El que pide el autodenominado pueblo catalán, es decir, esa misma casta que en Cataluña usurpa el poder, para tratar con el Estado de igual a igual? Semejante diálogo sólo podría redundar en que esa casta, que ya tiene a Cataluña encorsetada en el ideal nacionalcatalanista hasta no poder casi respirar, pudiera seguir oprimiendo ese corsé hasta la asfixia total: Es dentro de Cataluña donde hace literalmente falta un diálogo político: el diálogo silenciado desde que Jordi Pujol sustituyó aquel impecable “ciutadans de Catalunya” de Tarradellas por un pringoso “catalans”, que sólo pretendía aprovechar la ambigüedad de las palabras para conseguir que todo ciudadano residente en Cataluña se creyera obligado a ser catalanista: es la “sucia y falsa sinécdoque” de la que hablaba Cayetana Álvarez de Toledo, ejercicio de escamoteo conceptual en virtud del cual hace 40 años que la Generalidad de Cataluña, a fuerza de inflar y magnificar la noción de lo “catalán”, ya no reconoce como interlocutores a los ciudadanos en abstracto: en cuanto ciudadanos1. Es ese tácito no reconocer como interlocutores a los ciudadanos en cuanto tales lo que instaura una situación de radical penuria de dos cosas que en el fondo son una y la misma: por un lado diálogo, por otro política en el único sentido defendible de la palabra.

Dicho de otro modo: en la Cataluña actual hay exigencias de derecho –de derechos de personas de carne y hueso– que llevan 40 años suspendidas sólo para que pueda plasmarse el ideal, el modelo nacionalcatalanista. Es decir: hay exigencias de derecho suspendidas sólo para que Cataluña, como figura de plastilina, quede convertida en estatua de sí misma. ¿Hasta cuándo pasarán en Cataluña abstracciones, ideales, estatuas (¡“lenguas propias”!), por encima de las personas de carne y hueso? Pero sólo con que en ella hubiera diálogo, sólo con que dentro de ella pudiera respirar el diálogo (cuando se olvide la Generalidad del pueblo catalán y se ponga a trabajar por los catalanes: los ciudadanos que pueblan Cataluña, todos ellos), esa estatua cobraría vida.

*

  1. Cataluña es hoy una comunidad autónoma en la que, por ejemplo, como la cosa más natural del mundo edificios oficiales ostentan banderas de parte. Y es que en Cataluña hay sentencias judiciales que, sencillamente, nunca se aplican; sin ir más lejos, las relativas a las lenguas en la enseñanza: repetidamente resuelven los tribunales que deben darse muchas más horas en castellano, y repetidamente quedan esas resoluciones sin efecto. Y como esto todo lo demás, pues son todos los aspectos de la vida pública (uno por uno, con obsesiva minuciosidad los fue consignando y señalando Jordi Pujol en aquel Programa 2000 –véase aquí mismo–, verdadera agenda para una Gleichschaltung que en nada desmerece de la uniformización de Alemania bajo el régimen nazi) los que ha penetrado, impregnado y saturado el nacionalcatalanismo .