Dos críticas y una añoranza

Hijos de la tiranía

Rosa Montero celebraba el otro día en una columna de El País (17 de marzo de 1998) cierto hecho protagonizado por los niños de una escuela de Madrid. Un día que nevaba, los maestros, “tal vez por miedo a sus propios miedos de adultos aburridos”, les habían prohibido salir al patio a la hora del recreo. “Y entonces sucedió”, cuenta, entusiasmada, la columnista: “De repente, de manera tumultuosa y espontánea, los chiquillos organizaron una manifestación”. Parece ser que, entre otras cosas, gritaban “¡Justicia!”. Y también “una frase imposible y perfecta”: “Nada está prohibido”. La columnista declara su admiración por esos niños, por “sus gritos, su sentido de la justicia, su tranquila seguridad en sí mismos, la certidumbre de poseer opiniones propias y todo el derecho a defenderlas”, y, al recordar, por contraste, su propia infancia bajo el franquismo, le parece que “en lo sustancial la sociedad avanza”. La columna acaba: “No creo que pueda haber un símbolo mejor del asentamiento definitivo de la democracia que estos niños levantiscos y sin miedo. Por cierto: al final consiguieron salir al patio”.

Pues ya daba lo mismo: el comportamiento de esos niños era un calco del de los mayores, de esos mayores que tienen “miedo a sus propios miedos de adultos aburridos”. Un miedo, por cierto, que nunca en los más oscuros tiempos de la posguerra franquista había existido. A nadie se le hubiera ocurrido entonces la ñoñez (otro nombre de ese miedo) de encerrar a los niños por temor a la nieve. Y ante una injusticia la reacción de los niños tampoco habría sido ponerse a hacer de hombrecitos y “organizar una manifestación” y gritar eslóganes. Es natural que hoy sus maestros, al comprobar lo bien que se han aprendido la lección de la gran ñoñería, decidan hacer excepción en la pequeña y los dejen salir al patio: a ese precio ya da lo mismo. Si esa aparente victoria de los niños prueba algo, en absoluto es el carácter liberador de su conducta, sino más bien su carácter adaptado y, por lo tanto, en principio sometido al sistema imperante. Y la frase que Rosa Montero juzga “imposible y perfecta” es ciertamente demasiado perfecta para poder de verdad ser, como voz que se rebelara contra la necesidad, imposible: como es sabido, eso de “nada está prohibido” es el lema publicitario, latente tras cada anuncio, del actual sistema de dominación, la expresión de esa misma necesidad que estaría supuestamente impugnando. Es curioso por lo demás que la columnista no haya reparado en cierto rasgo de la perfecta frase que la delata como sometida al principio de realidad, pues los niños no han gritado “nada debe estar prohibido” o “no hay que prohibir nada” o “¡que no se prohíba nada!”, sino precisamente “nada está prohibido”, en indicativo: no consigna subversiva alguna, sino simple descripción positiva de lo que en su saber de niños ya saben ellos que es la verdad oficial del mundo en el que les ha tocado vivir, simple recordatorio, como si dijeran a sus maestros: “vosotros, que cada día nos dais a entender que nada está prohibido y tó er mundo é güeno y la vida es una dulzona burbuja rosa, no nos podéis ahora prohibir esto”.

Merece también tomarse en serio la “tranquila seguridad en sí mismos” que la columnista ve en esos niños. Ellos son niños, y, en principio, lo propio de un niño no es la seguridad “en sí mismo”, aunque tampoco necesariamente la inseguridad: lo propio del niño es obtener su seguridad de los adultos, de sus padres. Lo que sucede es que, precisamente, hoy el lema del poder es “nada está prohibido”, “prohibido prohibir”. En consecuencia, la publicidad es una apología de la pretensión de validez absoluta del capricho y el deseo inmediato en cuanto tales, una apología de la puerilidad, y los padres, de acuerdo con eso, cada día se atreven menos a contrariar el más mínimo antojo de sus hijos. Nada tiene de extraño, entonces, que los niños aparezcan hoy “tranquilamente seguros de sí mismos”. Con ello manifiestan la conciencia de haber alcanzado ya el estado de adultos, personas autónomas. La cosa es grave: en una sociedad en la que el ideal de adulto es el de una personalidad pueril, heterónoma, regida por sus deseos inmediatos, es claro que los niños se hallan ya al nivel de madurez del ciudadano promedio, y son, en ese sentido, “adultos”. Lejos de documentar el definitivo asentamiento de la democracia, la “tranquila seguridad en sí mismos” viene al contrario a esbozar la sospecha de si la democracia que tenemos no será sólo de mentirijillas, y lo que hay no será más bien una muy refinada tiranía. Algo parecido cabe decir de la “certidumbre de poseer opiniones propias y todo el derecho a defenderlas”. Pues defender las opiniones propias es contrastarlas con opiniones ajenas, y, como tan válidas o inválidas son, en cuanto opiniones, las unas como las otras, transformarlas de opiniones en razones, que ya no son “propias”, sino “comunes”. No vale, pues, celebrar como certidumbres las opiniones propias en cuanto tales, pues muy bien pudieran ser erróneas. Pero eso es precisamente (de ello dan fe las declaraciones de famosos en cualquier suplemento dominical de prensa) lo que hace el sistema de dominación vigente: establecer la opinión, que no en vano es lo manipulable desde el poder, como criterio absoluto y lugar de la certidumbre. Y así, tal vez nunca como ahora han estado los adolescentes más convencidos de que su propia opinión espontánea es la última palabra (como ellos dicen, “así será para tí, porque para mí es de la otra manera”).Y lo mismo los niños, por lo que se ve. Con ello se muestran simplemente como los hijos de la tiranía que son.

Por otra parte, ya se sabe qué es lo primero que asimilan los niños en trance de hacerse adultos. Son esas serias y sesudas discusiones sobre jugadores de fútbol y marcas de coche. Es, en una palabra, lo adulto pueril. Nada tiene de extraño que entre esos niños de un colegio de Madrid el ponerse a hacer de adultos haya tomado la forma de organizar una manifestación. Ya durante la Transición exhibieron las manifestaciones una curiosa tendencia a la puerilidad (recuérdense aquellos pareados a ritmo de tachúnta, tachúnta, ¡tachúnta-chínta-chúnta!, que en su homilía del ratón criticó Ferlosio); hoy se trata ya de franca patochada (esas manifestaciones contra ETA con las manos en alto pintadas de blanco). Por supuesto, oficialmente la patochada se llama “carácter lúdico”, pero que ese ludicismo nada tiene que ver con la espontaneidad del juego queda sobradamente atestiguado por las caras de pasmarote, como de “aquí estoy porque he venido”, que se les ponen a los participantes en el evento, oscura conciencia de estar haciendo el papelón. Eso es lo más triste: ver a los niños, que con su ingenuidad debían denunciarnos la desnudez del Emperador, adoptar la boba seriedad que se les pone a los adultos cuando le alaban los ropajes. Ya tan temprano captados para la mentira.

Niños del imperio escriben cartas de paz

Han sido unas palabras resaltadas interrumpiendo una columna las que me han hecho reparar en esa página: “«Quizá la humanidad algún día se dé cuenta del dinero desperdiciado en armamento», escribe Iván, de 15 años”. Es la página 20 de las dedicadas a Madrid en El País del sábado 9 de febrero de 2002, ocupada en su totalidad por la crónica o reportaje “Letra infantil contra las guerras del mundo” (“Medio millar de escolares de Fuenlabrada participan en el concurso Cartas por la Paz con misivas y dibujos”). Me ha parecido sospechoso. Me ha parecido que ese despliegue de frases humanitarias en boca de niños era una coartada. No que tal fuera la pretensión del periodista, que de eso me desentiendo, sino que, sin que el periodista se diera cuenta, esa exhibición de humanitarismo tenía, en su funcionamiento social, función de coartada, como si pudiera tranquilizarnos las conciencias, hacer que nos sintiéramos buenos mirando ante las más enormes canalladas para otro lado sólo porque aportamos nuestro granito de arena organizando en Fuenlabrada un concurso de frases bonitas para niños.

Se trata ahora de ver si el examen del texto nos confirma esa intuición o nos la refuta. Pero, ¿cuál es el “texto” en el que buscamos desenmascarar ilusiones y engaños? Desde luego, en primer lugar la propia crónica o reportaje. Pero lo que en ella hace el periodista no es más que celebrar lo escrito por los niños, en cierto modo amplificarlo; su punto de vista viene a confundirse con el de los organizadores. Así, para los lectores del periódico, reportaje y acto aparecen como un continuo. Un elemental precepto de sencillez nos hace suponer que, mientras no se demuestre lo contrario, a los organizadores del acto serán aplicables cosas que sólo podremos constatar en el texto del periodista. Empecemos por el primer párrafo:

Las guerras televisadas meten el miedo en el cuerpo no sólo a los mayores, sino también, lamentablemente, a los más pequeños. Pero ellos no tienen claro quiénes son los buenos y quiénes los malos, y eso les diferencia de la mayoría de los adultos. Los alumnos de varios colegios de Fuenlabrada han escrito cartas a niños de Estados Unidos y de Afganistán con la misma intensidad y con un único deseo: la paz. Y no es que la obsesión bélica haya despertado en los chavales, de pronto, un afán epistolar. El responsable ha sido el certamen literario Cartas por la Paz, organizado por el Ayuntamiento del municipio.

Reparemos en ese “lamentablemente” de la segunda línea. El periodista lo ha introducido sin que nadie le obligara: hay en él algo de naturaleza untuosa, cierto pringue o falta de distancia que lleva a dar las noticias ya digeridas. (¿Por qué pretende el periodista ser más que un mero notario?, ¿por qué tiene que ponerse en el lugar del otro? Ese rebasar los límites de la función propia lo emborrona todo.) Ante todo, esa falta de distancia hace que el periodista se identifique con aquello que comenta, con “la causa”. A ella es atribuible también el que, como lo más natural del mundo, se sienta autorizado a llamar a los niños “los chavales”. Pues, a diferencia de “niño”, que es un concepto neutro, en boca de un adulto, “chaval” trasmite algo así como la sugerencia de un “¡chavaaaal!, menudo sinvergüenza estás tú hecho, ¿eeeeh?”, un tratar al niño como si nos fuera aproblemáticamente próximo y pudiéramos meternos en su mundo sin miramiento por los límites, algo que el niño habrá de percibir como invasión, un simulacro de complicidad bajo el que sólo puede ocultarse desprecio por lo que un niño pueda ser. Inténtese decir la frase entrecomillada sustituyendo “chaval” por “niño” y se verá que no funciona: “niño” no se deja sobornar, “chaval” está ya sobornado: es inevitablemente sobón, paternalista. Los “chavales” son, entonces, los niños hechos cliché y tópico, simplificados, reducidos a una idea apta para adultos, como si no pusieran, ellos, una y otra vez en cuestión el mundo de los adultos: como si el niño cupiera en el adulto.

Con esa reducción paternalista del niño hacen juego ciertas circunstancias del concurso: por lo pronto, el jurado y los premios. El jurado estaba compuesto por “miembros de las asociaciones de padres y técnicos de la Concejalía de Educación del Consistorio”. Pero si los niños participaban en el concurso en calidad de escolares y no de hijos, ¿qué pintan en el jurado los miembros de asociaciones de padres? La pregunta es deliberadamente ingenua, porque cualquiera que conozca un poco el funcionamiento de las escuelas y los institutos actuales sabe que, como dice Isabel Escudero, ahora los niños viven sometidos a un sistema totalitario en el que no pueden refugiarse de la familia en la escuela ni de la escuela en la familia porque las dos instancias se han conchabado para velar por su bien. Asfixiante, maternal conchabamiento que participa también de aquella falta de distancia: en el seno de esa alianza en la que cada una de las dos instancias ha de adoptar el punto de vista de la otra, “alumnos” e “hijos” se han fundido para desaparecer convertidos quizá ya para siempre en “chavales”. Tal vez sea ese conchabamiento el principal agente de paternalismo en el actual tratamiento público de la infancia. Pues respeto por el misterio del niño sólo podía haber cuando escuela y familia eran mutuamente irreductibles: sólo entonces reconocía cada una que se le escapaba algo, algo que quedaba sólo al alcance de la otra: nadie pretendía saber del todo lo que era un niño. Ahora, en cambio, pretenden entre las dos tenerlo por completo conocido. Ahora sí que se han hecho idea de él, y ya nunca lo nombran con palabras distantes, que respeten, como “niño” y “alumno”: siempre dicen “chaval”, o “crío”. Y si el conchabamiento familia-escuela es agente pringoso, agente de violación de límites y colapsamiento de distancias, es porque él mismo es producto del postulado, tan funcional al capitalismo, de que “todo es lo mismo”, la familia que la escuela, el hospital que el tren (“prohibido fumar”), el Estado que El Corte Inglés: es aquel contubernio de “especialistas en tí” dispuesto a tutear y arreglar la vida a todo lo que se les ponga por delante. Es ese postulado lo que ya no permite que se escape nada desconocido: también los niños han de ser algo ya sabido: algo adulto. (Por cierto que ese contubernio sólo puede deberse a la creencia en que tenemos el bien absoluto ya conocido: el tabaco es malo y sólo malo, el sexo bueno y sólo bueno, etcétera (no por casualidad el pringue, la búsqueda de complicidad con el lector, ha aparecido en el texto en el preciso momento en que el periodista, sin que nadie lo hubiera puesto en duda, nos proclamaba –”lamentablemente”– que, como nosotros, también él estaba de parte del bien). Así, en esas Asociaciones de Padres metidas en las escuelas, en esos informes que maestros y profesores hacen a papá y mamá sobre el comportamiento del niño, escuela y familia renuncian cada una al único punto de vista que honestamente podrían sostener, el propio (por parcial, imperfecto y relativo que sea el bien que desde él cabe alcanzar), para hacer el bobo tratando de colocarse a ciegas en el punto de vista de la otra instancia. Sólo desde la ideológica, televisiva imposición de un consenso sobre el bien absoluto puede suplirse esa ceguera. Así, la escuela no tiene derecho a suponer que el tabaco sea malo ni el sexo bueno, pues eso le impediría alcanzar el único bien en el que tiene obligación de entender: enseñar. Y es que sobre el bien absoluto nadie sabe nada: todos tenemos intuiciones, presentimientos, pero por eso mismo carecemos de recetas. Sólo conocemos bienes parciales y relativos y a ellos hemos de atenernos.)

Y así, era un jurado para “chavales”. Y para “chavales” van a ser los premios. En los tiempos en que la enseñanza aún era limpia, eran libros los regalos acostumbrados en ocasiones semejantes, es decir, cosas que, por atractivas para ellos que quisieran ser, no pretendían tratar a sus destinatarios de otra manera que como alumnos. También aquí habrá un lote de libros en la composición de los premios, pero como estamos en la época de la “educación integral”, los premios apuntarán directamente al “niño”, con lo que sólo lograrán alcanzar un cliché. Aceptemos, en efecto, que niño es “el que juega”, “el que no tiene otro interés que jugar”. Pues bien: ¿qué otros premios se han establecido aparte de los libros? Prendas de ropa deportiva, y entradas para un parque de atracciones y un zoo. Es decir: se ha sido incapaz de concebir el juego de otro modo que como deporte o diversión planificada. Deporte es juego de adultos. Pero aun dentro del deporte se ha ido a escoger lo más sumiso, lo más sometido a la ley del trabajo. No una pelota, que todavía se dejaría usar de manera inocente, sin reglas previas a las que en el propio juego se vayan inventando, sin tener siquiera muy claro cuándo está uno jugando y cuándo no, sino precisamente ropa deportiva. Pues que unos niños jugaran a la pelota, o “a fútbol”, y aquello siguiera siendo en cierta medida juego infantil todavía sería posible; pero cuando hacen algo tan previsor y respetuoso con las casillas de los adultos como ponerse ropa especial para jugar, el juego adquiere carácter profesional: es casi trabajo. Entonces da igual todo, porque los niños ya se han rendido y se han dejado convertir en adultos. Algo parecido puede decirse del niño que entra en un parque de atracciones: incapaz de divertirse y jugar él mismo, necesita que lo diviertan, que lo “jueguen” desde fuera. Es un niño aburrido, un niño que ha hecho suyo el tiempo muerto de los adultos.

Así, composición del jurado y elección de los premios tienen el efecto de reducir a los niños a algo inocuo, a ese cliché para uso de adultos significado por la palabra “chaval”. En ella nos habíamos detenido al comentar el primer párrafo. Y sin salir de él hallamos otro elemento de paternalismo: la afirmación de que los niños “no tienen claro quiénes son los buenos y quiénes los malos, y eso les diferencia de la mayoría de los adultos”. Sólo la necesidad de confirmar una imagen ya decidida de lo que es un niño puede llevar a ignorar que una clara distinción entre “el bueno” y “el malo” (el bueno es sólo bueno, el malo sólo malo) de quien es propia es precisamente de los niños. Es el maniqueismo infantil, la tendencia a la distinción mecánica y sin matices entre bueno y malo, positivo y negativo: de ella echan mano espectáculos infantiles como el guiñol. Para explicarnos que aquí aparezca como marca de adultez tal vez hayamos de tomar en serio la primera frase: “Las guerras televisadas...”. Tal vez entonces sí, tal vez si por “adultos” hay que entender aquellos que se alimentan de la puerilidad televisiva, hayamos de decir que tienen claro quiénes son los buenos y quiénes los malos. Y sin embargo... tal vez el niño no quepa en ese adulto pueril que tiene claro (convertido en receta) qué es lo bueno y qué es lo malo. Pues en el niño hay a la vez dos cosas. Una, ese maniqueísmo que en el adulto es signo de puerilidad. Pero también otra cosa muy hermosa y frágil, que en el tránsito a la adultez suele perderse: la capacidad de sorpresa ante las cosas cotidianas. Es, como decía un amigo, el niño que se mira los pliegues de las manos, prueba a entrecerrarlas y volverlas a abrir y... “Mamá: ¿por qué tenemos las manos así?”; es decir: “¡Qué extraño que tengamos las manos así!”. Y eso, en el adulto, es lo que los griegos llamaban theoría: ser capaz de contemplar –como desde fuera– aquello en lo que siempre ya estamos: lejos de ser puerilidad, tal vez el más alto saber al que cabe aspirar. Esa contemplación, que lo es del juego total, sólo es posible desde el margen. En cierto modo el niño está situado en ese margen porque para él todo es todavía nuevo, porque él aún se halla en el umbral. Por eso mismo no está comprometido aún con los sobreentendidos de los adultos. No está todavía sobornado. Es capaz aún de ver, de decir lo que ve. De descubrir que el emperador está desnudo. (Maniqueísmo y capacidad de sorpresa ante las cosas cotidianas apuntan en direcciones contrarias: la primera a un creer que se sabe –no hay peligro de que en el paso a la edad adulta se pierda: lo esencial de ella subsiste en forma de una especie de aburrimiento de fondo–, la segunda a un no saber o no dar aún nada por sabido –sólo ella permite ver–.)

Estando así las cosas, ¿cómo conseguir el fin pretendido, comprometer a los niños contra las guerras? Los niños, según el periodista “no tienen claro quiénes son los buenos y quiénes los malos”. Pues bien: de eso se trataba: de que de verdad no supieran quiénes eran los buenos y quiénes los malos: ¿Habría algo que pudiera comprometerlos más decididamente contra las guerras?

Pero nada podía haber verdadero en ese tinglado, pues, ¿cómo organizar un “concurso” de cartas, si cada una tiene su destinatario? ¡Ah, pero es que éstas no tenían ninguno! “Querido amigo...”, escribía una chica “a un niño estadounidense sin nombre ni rostro...” Pero ¿es posible decir “querido amigo” a alguien carente de nombre y de rostro sin que ese querer y esa amistad sean una farsa? Y esa farsa, ¿cómo va a tener el efecto de una verdadera experiencia? Con razón escribe el periodista en su primer párrafo: “Y no es que la obsesión bélica haya despertado en los chavales, de pronto, un afán epistolar. El responsable ha sido el certamen literario Cartas por la Paz, organizado por el Ayuntamiento del municipio”. Pues sólo aquello hubiera sido útil: la espontaneidad... o al menos la verdad. Que a los padres de verdad les importara algo luchar contra las guerras y, sin intermedio del Ayuntamiento ni de instancia de mangoneo alguna, hubieran arrastrado a sus hijos a luchar contra ellas, que eso también sería espontaneidad (tal vez entonces no habría sido tampoco necesariamente imposible que las cartas tuvieran destinatario, que de verdad se pudiera establecer una correspondencia: entonces quizá habría empezado a haber algo contra la guerra en lo que los niños habrían podido tomar parte). Pero los niños ven, en cambio, que sus padres no se preocupan ni mucho ni poco, que siguen repantingados viendo la tele y se contentan con organizar un concursito para niños. Eso es lo que los niños de verdad aprenden: lo que sus padres de verdad hacen. (Ya se va viendo que el concursito de marras es una pamema. Ello se confirma cuando nos enteramos de que, acabado el concurso, lo que se va a hacer con esas “cartas” no es devolverlas a sus autores o tirarlas sencillamente a la papelera, sino “hacerlas llegar” al presidente de Estados Unidos, al presidente del Gobierno y a otras “personas con representatividad institucional, política, económica o cultural”: ¿y qué se supone que esas “personas” harán con ellas?)

Pese a lo cual, de creer a los organizadores, el fin se ha cumplido: “hemos conseguido que los chicos reaccionen y se muestren dispuestos a luchar por la justicia social y contra las guerras”, dice una presidenta de Junta de Distrito del PSOE. Un mostrarse que asoma, por ejemplo, en líneas como la siguiente: “Querido amigo, quiero que sepas que yo estoy todos los días esperando a que termine la guerra de Estados Unidos”. Parece darse por supuesto el poder mágico de nuestros deseos y esperanzas, pues si no ¿qué disposición a la lucha va a haber en ese blando “estoy todos los días esperando”? Lo que de hecho los niños están aprendiendo, esa abulia que les transmiten sus padres, puede rastrearse, a poco que uno no lea medio dormido, en la propia redacción de esas “cartas”. En el propio contenido de la cosa se refleja su estructura de farsa, de simulacro. (Son los peligros de la simulación, que, por su poder pegajoso, tiende siempre a trasmitirse de unos niveles a otros y, al final, ¿dónde detenerla? Si es posible que alguien, pese a no tener nombre ni rostro, sea “un amigo”, ¿por qué no va a ser posible que esperar todos los días que termine una guerra sea ya luchar contra ella?) Otro de los participantes, una niña de nueve años, escribe: “No sé lo malo que sería vivir sin paz, pero mientras haya niños que creamos en ella habrá esperanza en el mundo, porque los niños somos el futuro y, si luchamos por conseguir la paz, algún día la conseguiremos”. ¿Qué hay ahí? Si hacemos la prueba de sustituir la primera persona en que la niña se expresa por la tercera... (“mientras haya niños que crean en la paz...”), ¿a quién estamos oyendo? Es un adulto prematuro el que ahí habla. Un adulto edificante, con tendencia a verlo todo de color de rosa, como el Cantinflas de Su Excelencia o, sin mucha diferencia, cualquier político en uno de esos discursos en los que, para no molestar a nadie, hay que utilizar palabras vacías: un adulto tal vez especialmente edificante y ñoño, pero un adulto. Pues son los adultos los que creen en el futuro, esos mismos adultos que ven la tele y no hacen nada, esperando quizá que el futuro llegue. Los niños, como mucho, podrían creer lo de aquel personaje de Quino en una tira de Mafalda: “¡Dentro de veinte años mandaremos los chicos!”, imaginándose a la vez, y de modo incoherente, chico y mandando: una imagen incompatible con el tiempo real y con el futuro. Ahí sí habría algo de descubrimiento y puesta en duda de certezas cotidianas. ¿Qué necesidad obliga a que quienes más dotados están para percibir la maravilla en las cosas, para asombrarse con lo cotidiano, sean incapaces de valerse socialmente por sí mismos? ¿Por qué no sería posible un mundo en el que dieran la pauta, si no los niños, sí los artistas y los poetas, los sabios? ¿Por qué, aun sin llegar a dar la pauta, han de ser por completo irrelevantes? ¿Por qué para responder a un monumental atentado terrorista ha de ser preciso matar previamente al niño –al sabio– dentro de uno? El niño que habla en la tira de Quino nos confronta con algo de verdadero, porque de verdad es niño, porque habla con un amigo sin pretender nada, libre, libre sobre todo de los mayores con su constante soborno. Por el contrario, los niños de esas “cartas” están de entrada sobornados. Son adultos quienes los han convocado a un juego que no era suyo, quienes les han propuesto premios y enrolado en esa competición. ¿Por arte de qué pensábamos que iban a seguir siendo niños? Y así, dicen que son el futuro. Hablan tan bien el lenguaje de los adultos que empezamos a creerlos: sí, tal vez un día ellos también, un día también ellos, cuando bombardeen aldeas y hospitales siguiendo las consignas de cualquier iluminado cazador de terroristas, podrán recordar el día en que, de niños, escribieron frases bonitas, y se sentirán en el fondo buenos, y tendrán la confortable certeza de que, con sólo que el mundo pudiera ser de otra manera, ellos tampoco estarían allá arriba pulsando la palanquita, y seguirán haciéndolo ya con la conciencia tranquila... Parece confirmarse nuestra hipótesis inicial: ese concurso tiene socialmente función de coartada.

Un niño de nueve años “no tenía dudas”, dice el periodista, “sobre el destino que daría a Bin Laden”: “Espero que muera”. Es decir: algo así como el “¡Toma, toma, toma y toma!” del guiñol, pero mucho más siniestro, como referido que está a una persona real, con nombre y apellidos: el maniqueísmo inocente de los niños pequeños que chillan ante los muñecos del guiñol está aquí convirtiéndose en el maniqueísmo fariseo, con buena conciencia, de la mayoría silenciosa. ¿Qué se ha hecho de aquel no saber quiénes son los buenos y quiénes los malos que, según el periodista, caracterizaba a los niños y que el concurso debería haber sabido al menos preservar? Que, al contrario, se ha aplicado a ahogarlo. “Y, sin embargo”, continúa el periodista, “sus palabras traslucían algo distinto, un canto al diálogo”: “Si yo fuese el amo del mundo, pediría a los jefes de todos los países que no hubiese guerras, que los niños no se peleasen y que les enseñasen a razonar y a dialogar antes de empezar una pelea”. Este niño va para presidente de Estados Unidos, ya se ve. No nos extraña el entusiasmo de los organizadores.

“Ya sé que lo estaréis pasando muy mal en ese país”, escribe una niña de 11 años, “con la guerra, las muertes y la tragedia”. Es la facilidad con que actualmente lo sabemos todo, por la tele: un saberlo todo que es no hacerse cargo de nada. Sigue la niña: “Aquí también hay gente mala y se llama ETA, y esos ponen bombas en los coches y matan a la gente”. Nada más tranquilizador: si la “gente mala” es precisamente ETA, entonces es que nosotros somos buenos. Sigue la misma niña: “¿Alguien responderá a mi carta? Creo que no quiero que me responda nadie, porque seguro que me van a contar cosas muy feas”. De nuevo el contenido de la “carta” refleja la estructura del propio acto en el que se produce: la falacia de esas cartas que no lo son porque ningún destinatario va a leerlas se ha traducido en una ficción: esa niña juega a que no quiere que nadie le responda porque le contarían “cosas muy feas”. Y lo que dentro de esa ficción hallamos –no querer oir, cobardía, mirar para otro lado– nos lo quieren vender organizadores y periodista como disposición a luchar, valentía. De nuevo, nada de extraño tiene descubrir en el propio contenido de las “cartas” ese rasgo hipócrita que en todo el montaje íbamos sordamente percibiendo.

Podríamos pensar que los organizadores de este tinglado no eran la perspicacia personificada. Pero ¿qué más da? Las cosas del poder funcionan solas, y así, los organizadores da igual qué creyeran estar haciendo: de hecho servían al poder, a la rutina, al encubrimiento y la muerte, y lo servían bastante bien. Pues normalmente los “malos” no son tan “malos”: tienen, como aquí se ve, buenas intenciones. Incluso el iluminado cazador de terroristas no hay por qué pensar que vaya a ser muy distinto. Sin ir más lejos, ya hemos visto cómo en uno de los participantes se insinuaba.

Podríamos formular así la coartada que tras el concurso de marras descubríamos: “no dejamos de bombardear aldeas y hospitales, pero nuestros niños piden que hechos así no se repitan escribiendo unas cartas muy bonitas”. Y nuestro postulado inicial (entre concurso y noticia no hay diferencia relevante) se ve ahora retrospectivamente apoyado por la observación de que también en el contexto del periódico parece la noticia tener función de coartada. En efecto, bastó que el iluminado cazador de terroristas diera la consigna de la “guerra contra el terrorismo” para que ese mismo periódico “progre” que ahora nos adorna esta página con frases bonitas, pasara, con la mayor inocencia y desfachatez, a enmarcar lo relativo a las guerras que el iluminado en cuestión promovía bajo el epígrafe “GUERRA CONTRA EL TERRORISMO”: así mostraba de parte de quién y de parte de qué estaba. Tanto más pertinente se nos aparece ahora nuestra anterior mención del Cantinflas de Su Excelencia, pues la figura del político edificante, que continuamente despeja pelotas hacia el cielo de la abstracción (“la humanidad”, “el futuro”, “el progreso”, “la historia”), y que asoma en el contenido de esas “cartas” escritas por niños que intentan complacer a los mayores, se reconoce también en la propaganda con que el iluminado justifica sus guerras: ¿cómo hablar en serio, fuera de un cómic para niños, de una guerra “contra el terrorismo”? En principio, decir “guerra contra el terrorismo” es como decir “guerra contra el cáncer”, “guerra a la pobreza” o “guerra a la droga”: se entiende que la “guerra” sólo puede ser metafórica porque tiene por objeto una abstracción. Promover de verdad, con misiles y bombas, una guerra contra el terrorismo es tan delirante como emprenderla a tiros con el cáncer (los terroristas serán, como máximo, una banda más o menos grande, mientras que la guerra se dirige contra un país). Pero nada es demasiado delirante para quien nos habla, por ejemplo, de “el eje del mal”: el emperador –y tras él los ciudadanos de la potencia imperial en su mayoría, los políticos y periodistas del imperio en su totalidad– tiene el nivel intelectual de un espectador de guiñol.

Parece, pues, que estos niños no han logrado poner en evidencia al emperador iluminado. Pero, ¿cómo, en el estado al que la pamema les reducía? Estado que se trasparenta tras la actitud que hacia ellos manifiesta el periodista (ellos funcionan en el tinglado según el papel que en él les dan los adultos), y lo que en esa actitud hay es una tendencia a asombrarse, o hacer como que uno se asombra, ante la más mínima prueba de inteligencia o dominio del lenguaje en los niños (“...escribió Laura de un tirón”, “ella misma encontró la respuesta al minuto”). Cuando ha matado uno al niño que lleva dentro, los niños le son extraños, y sólo como un bárbaro puede asomarse a su mundo. Por eso no puede alegrarse con ellos ni encontrarles gracia: las excelencias que les encuentre serán, por así decir, de nuevo rico: en parte imaginarias, en parte cuantitativas: cosas como “escribir de un tirón” o “encontrar la respuesta al minuto”. Y bajo esa presunción de idiocia, ¿cómo van los niños a descubrir nada? Por otra parte, esas pruebas de inteligencia o dominio del lenguaje que tanto se valoran en ellos apuntan siempre en la misma dirección: “no tenía dudas sobre el destino que daría a Bin Laden”, “sugirió [...] con seguridad”, “sentenció después”, “encontró la respuesta al minuto”: por todas partes ausencia de dudas, seguridad, sentencias, respuestas expeditas. Qué miedo que los niños pudieran tal vez dudar, sorprenderse todavía. Qué miedo que de verdad pudieran ser niños y fueran tal vez a descubrir algo. Qué alivio ver que vienen ya, como el cazador de terroristas, ellos también, iluminados.

Aquellas madres antiguas...

–Mamá, quiero pan e higos.

–Hijo mío, eres tonto, e idiota.