Mi experiencia de un retiro de Emaús

A aquel retiro de un fin de semana había ido yo buscando un empujón para salir del armario. Y es que, aunque nunca había participado de la habitual creencia en que ya sabemos que después de la muerte no hay nada (que siempre me pareció por dos razones contradictoria, pues para saber tal cosa deberíamos, primero, volver a la vida tras haber estado allí de donde nunca se vuelve, y allí, segundo, haber tenido la experiencia de que no teníamos experiencia alguna), ni, en consecuencia, me había sentido ateo (¿quién te dice que en lo que llamamos muerte no te encontrarás con Dios?), la verdad es que, por adaptación al medio, sí me había fingido ateo muchas veces: necesitaba, pues, “salir del armario”. Y en ese aspecto el retiro fue, creo, un éxito. Aparte de otras cosas que serían largas de explicar (entre ellas muchos regalos, tocables y no tocables), consistió el retiro en una sucesión de testimonios en primera persona a cargo de señores que eran cada uno de su padre y de su madre, a los que la verdad es que no encontré mucha gracia, al menos al principio. Sea como fuere, el primer día me acosté un poco decepcionado. Al día siguiente me fui dando cuenta de que tal vez no tendrían gracia, pero algo en ellos me daba envidia: los abrazos que se repartían (y harto estoy de ver programas de televisión en los que la gente se da enormes abrazos sin que en ello encuentre yo nada que envidiar: era como si en aquéllos hubiera otra cosa, difícil de definir, que los hacía atractivos). Y los regalos continuaban. Por otra parte, sin tener los testimonios nada de sentimentales, a veces oyéndolos se me saltaban las lágrimas. Me acordaba de mi mujer, y se me hacía sensible cuánto la quería. Me di cuenta de que los hombres sí lloraban. Me pareció entender, también, por qué decía Jesús que sólo podrían entrar en el Reino de los Cielos los que se hicieran como niños. En algún momento me sentí feliz. En varios. Llegó el domingo, y en el desayuno advertí una cosa: Éramos felices (el plural era importante). Y se me ocurrió que bastaría saber que en el Paraíso no lo íbamos a ser menos, para que valiera la pena darlo todo por llegar a él. Y ni saberlo hacía falta: bastaría tener por ello la ilusión de un niño la noche de Reyes… Esa ocurrencia era tal vez el empujón que andaba yo buscando.

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